LA PELEA

    Las cosas se pusieron mal abruptamente. El trío de amigas, Silvina, Mónica y yo, habíamos disfrutado de un paraíso de amistad que se reveló breve. Las tres estábamos divorciadas, y nos alegraba juntarnos a hablar de nuestras cosas: los hijos, el trabajo, y esos hombres machistas, faltos de sensibilidad, incultos, falaces y flácidos que habíamos dejado atrás, por suerte. Nos encontrábamos a tomar café y a charlar, mancomunadas en esa experiencia. 
    Silvina fue la primera traidora. Le empezó a gustar un señor que cantaba con ella en el coro de música barroca. El trío se aglutinó alrededor de esa ilusión, y así stalkeamos, invadimos, rastreamos estado civil, vivienda, hijos, trabajos, y todos los datos del señor que, finalmente, resultó ser muy elusivo al nuevo amor, y fiel a su matrimonio de más de 25 años.
    A partir de ahí, los encuentros de café incluyeron a un monstruo más para ser analizado, porque las barbaridades de quien se somete a la rutina y no es capaz de abrirse a lo nuevo también merecen ser observadas minuciosamente. Silvina lloró mucho, su cintura del mismo diámetro que a los dieciocho y su voz como contando secretos necesitaban un abrazo más recio que el nuestro.
    Las tres éramos docentes en una escuela secundaria. Mónica y Silvina enseñaban literatura, y sostenían bien alto el estandarte de la excelencia académica con sus especializaciones en literatura griega y en latín. Yo enseño historia. 
    Un día Silvina descubrió Tinder. Las conversaciones con café se poblaron de más especímenes, todos locos, contrahechos, con emocionalidades tóxicas o poca aptitud para el compromiso. Fueron tiempos felices, siempre había de qué hablar y de qué reírse. Menos mal que éramos mujeres, y que nuestros hijos varones no iban a repetir las taras de los padres, porque las nuevas generaciones vienen diferentes, como todos sabemos.
    Pero bueno, tenía que pasar. Llegó Gustavo. Buen mozo, con dinero, viajado y buen amante, la enamoró y se enamoró. Silvina empezó a espaciar su participación en los encuentros a tomar café y a quedarse callada cuando le preguntábamos sobre los inevitables defectos o las esperables torpezas del nuevo amor. Tampoco parecían entusiasmarla los tópicos clásicos, Juan José, Sergio y Marcelo, nuestros ex maridos… Como fuera, ya no venía.
    El efecto sobre Mónica fue devastador. Amazona inmoderada, la más filosa y apasionada de las tres, se lanzó contra la traidora como Aquiles contra Hector. Pronto dejó de haber encuentros, y las refriegas se trasladaron a la sala de profesores. El resto del cuerpo docente y directivo de la escuela fue espectador de la más sangrienta batalla jamás vista en un ámbito así. A voces destempladas Silvina fue acusada de inculta, de poco evolucionada pedagógicamente, de utilizadora de criterios de evaluación obsoletos, de repetidora de planificaciones ya hechas, de correctora que no leía las producciones de los alumnos, de lectora poco cuidadosa de escritores argentinos contemporáneos, de enseñante de una teoría de la evolución del castellano poco pulida, y hasta de falta de buen gusto para vestirse. Silvina salía de las refriegas muda y con los ojos llenos de lágrimas.
    Yo asistí muy incómoda a esas escenas. Me encontraba con Silvina a solas, esta vez para hablar de Mónica. Después me encontraba con Mónica, que con su cuerpo delgado e hirsuto y ese gesto que desmentía la suavidad hippie de sus camisolas me ponía contra las cuerdas una y otra vez. 
    Una noche no aguanté, y me atreví a decir “Mónica, ¿no te parece que estás exagerando un poco con Silvina?” La ira viró hacia mí. Sentí como se enfriaba el aire y cambiaba la dirección del viento. Con voz baja, temblorosa y feroz me dijo “¿Vos también me vas a traicionar?” Yo contesté con voz lacrimosa y suplicante, pero no hubo caso. “Intolerante, mala amiga, exagerada, dañina, veleta, inconsistente, forra” fueron los adjetivos que fueron y vinieron a medida que la discusión se acaloraba.. Finalmente terminó con “Bueno, no la voy a maltratar más delante tuyo. La voy a maltratar cuando no estés. Detrás tuyo” Y así fue. La maltrató con dedicación y minucia todas y cada una de las veces que yo salí de algún espacio en el que quedaran ellas.
    Mónica no me habló nunca más.
    Silvina adelantó su jubilación y se fue a vivir a Europa con Gustavo. En los cumpleaños y las fiestas nos mandamos saludos.

    Y yo acá estoy, empezando a hacer las planificaciones para este nuevo año escolar que se inicia, cuidando la calidad de mi producción didáctica, evitando repetirme con años anteriores y atenta a la actualización de mis criterios de evaluación. 

MONET

    Monet me apasiona porque era un señor sensato, burgués, familiero y cuerdo, y aún así pegó uno de los saltos más formidables de la historia de la pintura. Por seguir la luz renunció a la línea, y eso me parece de una valentía feroz, como tirarse sin paracaídas. Amo su recorrido, sus descubrimientos que se nutren hasta de la vejez y el cansancio de los ojos. Y amo que haya construido un jardín como quien pinta. Querría que fuera mi papá o mi abuelo. Me da risa que haya prohibido que lleven flores a su velorio para que no las sacaran de su jardín. Adoro su tozudez pintando mil veces el montón de paja o el puentecito japonés hasta que se te incrusta en la cabeza para siempre. 
    Hay algo en las pinturas de su vejez, ese pequeño lago que refleja el cielo narrado de mil formas diferentes, que me parece que encierra una verdad. No sé exactamente cuál, pero debe ser algo sobre la alegría o la vitalidad, o de, nuevamente, la tozudez de seguir hablando de la luz hasta el último momento en que te silencia la oscuridad. 

NATACIÓN



    Me gusta mucho nadar. Me enseñaron papá y mamá cuando era chiquita y después me mandaron a un club para que aprendiera los distintos estilos. Recuerdo la pileta inmensa, los sonidos con reverberación extraña, el olor del cloro, los gritos fragmentados, el vapor... Me encantaba.
    Me enseñaron a nadar pecho, y aprendí con la velocidad y perspicacia de cualquier ranita de cinco años. Era particularmente hábil con la patada, ancha, abarcadora, casi agarrando el agua con los dedos de los pies. Como si trepara en el agua.

    Después aprendí otros estilos, pero la marca inaugural a la que volví una y otra vez es esa: zambullirme y hacer ese gesto enorme con los brazos y las piernas, abriendo el agua y sintiendo como el cuerpo se expande, se estira y se desliza. Abrazando el agua mientras el agua me abraza. Está grabado en mi memoria muscular, sucede mucho antes de que pueda pensar qué estoy haciendo.

    Hace poco retomé natación, había dejado de ir desde la pandemia. Chocha de la vida. Iba todo bien: patada de crol, brazada de espalda, corregir cómo entra la mano en el agua o el giro del torso, etc etc. Bastante bien. 
    Luego, pecho. Un trámite para mí, me sale de taquito, me dije... Pero no. Me corrigieron una y otra vez: la brazada tenía que ser chiquita y la patada como un movimiento espasmódico desde las rodillas. Los ejercicios para la patada eran sosteniendo el pullboy entre las piernas. Me quedé atónita. Me explicaron que la técnica actual es así, se nada economizando movimiento como si estuvieras adentro de un tubo.

    Señores. Frenemos un momento. ¿De qué estamos hablando? ¿Quién quiere nadar adentro de un tubo? ¿Quién, díganme, quién? ¿Cuál es la utilidad y la belleza de nadar adentro de un tubo? ¿Quién en su sano juicio prefiere un tubo a los cardúmenes, a las medusas, los caballitos de mar, los bancos de corales y las anémonas? 

    Decidí dar batalla por mi memoria muscular. Resistir. Voy a seguir nadando como rana. Pienso patalear bien fuerte para que se haga espuma y la profe no vea mis brazadas anchas. Cuando pase haciendo correcciones voy a tragar agua y a hacer como que me ahogo. Mis patadas abiertas y abarcadoras sucederán cuando la profe esté en la otra esquina. Si es necesario me encadenaré a un flota flota. Si eso sucede, amigos, por favor llevenme sandwichitos de queso y atún y sepan que no perdí el juicio, que estoy luchando para que el mundo no sea peor.

ZAPATILLAS



    Mi madre es una conversadora inteligente y sutil. Tengo largas charlas con ella acerca de los temas más diversos. Nos gusta repasar la historia, hablar de arte y de religión. Creo que con cada hija tiene sus temas específicos. Hay un tópico que nos gusta especialmente: la idea de San Agustín de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero como virtudes de Dios y vías para llegar a Él.
    Mamá camina mucho. Es diabética desde la infancia y se cuida concienzudamente, por lo cual sus seis kilómetros diarios son casi un modo de respirar. Al mismo tiempo, tiene sus gustos precisos e inamovibles. Para los pies, zapatitos, de cuero, Hush Puppies. Punto. Nada más.

    El tiempo y las caminatas hicieron su trabajo, y madre empezó a tener dolores fuertes en los talones. Dado su talante estoico no lo dijo por bastante tiempo, hasta que se encontró con un impedimento bastante fuerte para sus caminatas. Me lo confesó. La respuesta fue obvia: -Mamá, necesitás zapatillas. 

    Primero merodeó la idea con desconfianza. Después la desechó. Le siguió doliendo.
Finalmente tomé al toro por las astas (mi madre es un toro difícil de domar) y partimos en busca de zapatillas.
    En el primer negocio había unas zapatillas color rosa viejo. Eran específicas para caminar y tenían todas las bondades que la ciencia y el capitalismo nos ofrecen. Se las probó, caminó y se le transformó la cara. Se le notaba ese placer específico que surge de la mezcla del dolor que se va y el bienestar que llega. -Es como caminar por nubes-, dijo.

    Pero después se fijó en el color. Madre odia el color rosa (mi favorito). Con un hilo de voz preguntó si no había en otros colores, quizás azul o gris. No había.

    Fueron momentos tremendos. La vi debatirse. Caminar, mirarse al espejo. Levantar la punta de los pies, apoyar los talones con fuerza. Volver caminar. Volver a mirarse en el espejo. Toda la enseñanza agustiniana peleaba en su sistema nervioso. Finalmente lo supo: entre lo Bello y lo Bueno, elige lo Bello. Dejó las zapatillas, dio las gracias educadamente y se fue.


PARQUE NORTE

    

    Camino por el Parque Norte de Cipolletti. Adelante mío va un padre con dos hijitos, de aproximadamente 5 y 8 años. El mayor va diciendo "Júpiter, Neptuno, Mercurio..." . El padre le dice "No sabés. Decí que no sabés. No hagas como el abuelo Osvaldo que nunca dice que no sabe y dice cualquier cosa. Si no podés decir que no sabés no vas a tener lugar para aprender" El mayor se queda callado, y entonces el chiquito decide presentar armas por el honor del abuelo Osvaldo: "Venus, luna, sol" es lo último que escucho mientras los paso.

    Una mujer camina con agilidad, en dirección contraria a la mía. Tiene ropa deportiva oscura, un colgante con forma de media luna y la boca sorprendentemente pintada de rojo. Cuando paso al lado siento un leve olor a perfume.

    Más adelante me cruzo con una pareja joven. Él está diciendo "A ese pibe ya se le ve la cara que va tener a los 18 cuando esté preso" La chica le contesta "No seas malo, tiene cinco años". "Igual", contesta. Su tono revela que no está diciendo una humorada. No hay risa ni simpatía en su voz, solo está hablando del futuro.

    La mujer de los labios rojos vuelve a pasar. Esta vez noto su media sonrisa. Camina sonriendo leve pero indiscutiblemente. Me fijo si tiene auriculares, quizás está hablando por teléfono, o escuchando música. No. Me pregunto para quién serán los labios rojos, el perfume y la sonrisa.
Siguen las vueltas.

    La cuarta vez que la cruzo, la mujer ya tiene el buzo atado en la cintura y el porte menos elegante. En proporción inversa, su sonrisa ya no es leve. Es amplia, de oreja a oreja. Esa mujer se divierte consigo misma, y es contagiosa.

    No pude evitar decirle que tenía una sonrisa muy linda.

GATITA



Cierro los ojos, es la mañana y tengo fiaca. Inmediatamente el sonido toma el lugar de las imágenes, y empiezo a escuchar mi casa. El ruido confiable y benevolente de la heladera, voces lejanas de hombres que hablan de maderas y construcciones, el motor de algún auto que pasa por la calle. Algunas gotas empiezan a marcar un ritmo en el techo, porque está empezando a llover. No se oye el murmullo habitual de los pájaros, solamente trinos aislados, que parecen avisar la posibilidad de una tormenta. En medio de este bosque de ruiditos hay algo que me gusta muchísimo, un silencio. Es mi gata Agua, que está acá al lado mío. Llegó despacito, como siempre, se acomodó y su peso leve hundió infinitesimalmente el almohadón del sillón. Está ahí. Sé que le gusta escuchar mi respiración y el rasguño leve de la lapicera contra el papel, la adormecen. La gatita dormida es un silencio tibio dentro de otro silencio. Cómo me gusta. Es notable cómo algo tan chiquito y silencioso puede estar tan presente. 
Me gustaría saber acompañar así a la gente que amo. Solamente estar, sin gritos, sin alharaca, sin dudas. Suavecito. Presente. Estar ahí, nada más que para estar. Estar, casi sin ser.  

LENTITUD



Peregriné hasta encontrar la tumba de mi hermano. Me llevó tres años. 

Viajé a Viedma, al archivo del dario Río Negro, buscando la fecha en las necrológicas de aproximadamente ese mes, ese año. Todavía no había internet, o no estaba a mi alcance.


No podía recordar. Quién sabe por qué, tampoco podía preguntar.

Encontré la fecha.

Después de un año, pude buscar el teléfono del cementerio. 

Varios meses después, llamar. Me dieron números y letras que designaban un lugar. 


Ese día caminé no más de cien metros. Los cien metros más lentos, más lentos, más lentos que caminé en mi vida. Encontré un túmulo de tierra seca, sin nombre. Al lado, la tumba de Francisco Flores, a quien agradecí que lo acompañara con ese nombre perfumado. Me llevé una piedrita.


Cuando volví me acosté, o más bien me encerré dentro de una hamaca paraguaya y me quedé ahí el resto del día, inmovil dentro de ese capullo flotante.


Fue una peregrinación hecha de inmovilidades sucesivas. 


Fui como la tortuga de Quiroga, pero en mi espalda no llevaba a un hombre herido, llevaba a mi hermano muerto.




Fucking Antígona.

LA POSIBILIDAD DE UN PERRO

    Con Julian estamos construyendo la posibilidad de un perro. Si nos queremos lo suficiente, y la cantidad de tiempo necesario va a advenir Pepper, el border collie que va a caminar con nosotros y que va a tener permiso para dormir en nuestro cuarto pero no sobre la cama. Tenemos muchas conductas auspiciosas: salimos a caminar seguido y Julian construyó una casita en el campo, con mucho espacio. Tenemos una estufa a leña y muchos palos. Julián compró una pelota.

    Nos tratamos con cuidado y ternura, y nunca gritamos. Nos gusta jugar, y estamos aprendiendo a hacerlo cada vez mejor.
     De a poquito estamos generando tiempo para estar juntos, achicando un poco los trabajos porque sabemos que Pepper va a querer estar con los dos.

    Nos gusta hablar de él. Cuando salimos a caminar le hacemos espacio entre nosotros y estiramos los brazos lo suficiente como para que quepa en el medio sin soltarnos las manos. Julian se levanta varias veces a la noche y renueva la leña de la estufa, para que esté siempre calentito. 
     La puerta de nuestro cuarto está abierta, salvo cuando hacemos el amor, porque creemos que eso lo inquietaría. 

    Mientras llega Pepper tenemos a Agua. Agua es una gatita que encontré atropellada por un auto, y que llevé a casa para que no muriera sola en una noche helada de junio. No se murió nada y se convirtió en un ser muy vivo y bastante delicioso. Se acomodó a esta vida con mucho criterio. Sabe hablar con bastante propiedad y nos permite practicar para la llegada de Pepper.

    Su nombre nació en nuestra segunda conversación, cuando hablábamos de comida y yo le dije que me gustaban las milanesas con limón y pimienta. A Julián eso le pareció un buen motivo para enamorarse de mí y para empezar a construir la posibilidad de un perro. Pimienta era un nombre demasiado largo, así que se convirtió en Pepper. 

    En esa conversación Julián me dijo que le gustaba manejar, y que sí yo quería, él podía manejar en los viajes largos, para que yo no me perdiera ni me angustiara. Ahí la posibilidad de un perro me apareció a mí.

    Estamos trabajando mucho en ésto. Creo que vamos a ser merecedores. Nos queremos cada vez más, nos vamos conociendo lo suficiente como para que Pepper tenga un hogar estable y duradero. Nos cuidamos la salud. Ya no somos pibes, y cuidar a un perro requiere resistencia y fuerza. Yo hago natación para la resistencia y Julián remo para la fuerza en los brazos. Tenemos que vivir por lo menos más que él. 

    Pepper no podría soportar que pase algo, y quedarse sin alguno de los dos.





LA PATITA


-¿Qué querés, papá? 
-La patita
-¿Qué? 
-La patita

Ese fue nuestro último diálogo. Estábamos a pocas horas de su muerte y todos lo sabíamos, especialmente él. Las palabras sonaron con claridad, a pesar de su voz gastada y final.
La patita. No estaba delirando ni decía cosas sin sentido. Estaba jugando. Se despedía jugando con las palabras, una última vez.  

Ese diálogo se había repetido en miles de situaciones. "Deme la patita", le había dicho a tantos perros que habían poblado nuestra infancia. "¿Qué querés Luis?", preguntaba mi madre agobiada con el eterno retorno de la pregunta sobre la comida. "La patita", respondía él y hacía un gesto ridículo, poniendo la mano como si fuera una garra de perro. 
Había estado enfermo tres años, en los que se había ido despojando de todo lo que lo hacía ser él. Primero de la literatura, después de la música. La medicina había aguantado bastante. Seguía respondiendo con precisión incisiva cualquier duda médica, y me había cuidado como un león mientras estuve enferma, hablando desde su cama inmovil con medio staff de la clínica en la que estuve internada.  

El acv que le había impedido hablar había sido especialmente cruel. Aún con el habla balbuceante quería hacer juegos de palabras, pero ya no lo podíamos entender. Tuvimos que pedirle que dejara de jugar.

Lo otro que aguantó hasta el final fue la pasión política. Los últimos meses tuvo C5N prendido casi permanentemente. Íbamos a su cuarto a charlar alrededor de él, para que nos sintiera cerca, y cada vez que la conversación tomaba un leve tinte de indignación política salía del entresueño, se erguía y nos preguntaba de qué estábamos hablando.
 
¿Qué queda al final? ¿Qué es lo último en abandonarnos, ese punto de humanidad detrás del cual ya solo hay un cuerpo naufragando? 

Mi último juego con papá fue sobre perros, así que es sobre eso que decido escribir. Me imagino que, con un pase mágico, me regaló o me apropié de sus recuerdos con perros, gatos, bichos y demás parientes. 

Me lo imagino con un perro llamado Colita, que es del portero de su edificio pero que lo sigue a todas partes. Me lo imagino siguiéndolo a la escuela. Especialmente en el día de su primera manifestación política, cuando encaró la mañana de escuela con un cartel que decía "El señor Surita golpea a los niños" y se encontró él solo, sin ninguno de los revolucionarios con los que había planificado el día anterior. 
Me lo imagino todavía más chiquito, caminando por la playa de Mar del Plata de la mano de mi abuela y viendo por primera vez una aguaviva, monstruo marino que confirma las peores leyendas. 
Me lo imagino en el zoológico, mirando con los ojos bien abiertos en su carita redonda a una jirafa que baja la cabeza lentamente y pestañea.
Me imagino un gato gris, peludo y lustroso, que se frota contra sus jeans mientras escucha Sgt. Pepper por primera vez. 

Cómo lo extraño.

Supongo que todos vamos perdiendo nuestras capas de humanidad,y me pregunto cuales subsistirán en mí, en el final. Me gustaría que fueran los recuerdos de animales. No estaría nada mal.

CIRO

    Hay un perro que se llama Ciro. Vive en la cuadra de enfrente de la casa de mis padres, en Cipolletti. es un border collie de pelo espeso, blanco y negro, y ojos castaños.

    No se cuando pasea, parece estar siempre. Cada vez que me estoy yendo o estoy llegando, está ahí. Ya me reconoce desde lejos, y se acerca con un trotecito indudablemente sonriente.

    Vive detrás de una reja de cuadrícula pequeña, así que solo puedo acariciarlo pasando un dedo y haciendo con él un gesto como de rascar. Él se acomoda y acerca el flanco o el cuello para recibir esa caricia ínfima.

    Paso por esa vereda en los más variados climas, y en todas las estaciones. En los tres últimos años, mientras se agravaba la enfermedad de papá, pasé muchas veces. 

    Volví a pasar ahora en Navidad. 

    Me gustaría abrazarlo, o al menos acariciarlo con la mano completa.

EDUCACIÓN DE LA NIÑA



Marx para niñas pequeñas

    Como cualquier niña de cuatro años, yo miraba el mundo inquieta por todo eso que después tendría un nombre que lo haría parecer natural. Animales, estrellas, letras, microbios, todo era pregunta. 
    Una tarde en la estación de trenes, vi a un chico de mi edad vendiendo limones. Le pregunté a mi mamá que le pasaba, y madre contestó que era un chico pobre. Algo más me debe haber explicado, pero parece que no fue suficiente para mí, porque después fui a preguntarle a mi abuela. 
    Mi abuela solía revelar datos inesperados y muy excitantes, de una cualidad distinta a la información que venía de mis padres. Esta vez se lanzó a explicarme la plusvalía con una alegría feroz. Me dijo que los dueños de las fábricas, los patrones, les quitaban a los obreros la ganancia que ellos generaban con su trabajo. El concepto me quedó clarísimo.  
    Unas semanas más tarde fui nuevamente corriendo hacia mi abuela, a contarle algo que había pasado en el mundo: como seguramente era previsible en gente de esa calaña, un patrón le había robado la billetera a mi mamá en el colectivo.


Freud para niñas pequeñas

    A los tres años ya tenía los datos suficientes como para saber que no me iba a crecer el pito. Mi hermana mayor había intentado y fallado. Para la Navidad había pedido uno, le habían dicho que no, y en compensación había pedido una víbora en una botella. Recibió una, preparada trabajosamente por mi abuela, pero su falta de entusiasmo con el regalo me permitió entender que no había resultado. 
    ¿Qué me hizo olvidarlo? Yo creo que fue el amor. Mi señorita Micki, la maestra de salita de tres era perfecta. Tan dulce, tan encantadora, esa nariz y esa boca finitas, el pelo con claritos, esas uñas pintadas de rojo con una pequeña medialunita blanca en la base...
    Pero algo pasaba. Algo estaba mal. Quizás podía aceptar no tener pito yo, pero ¿Micki? ¿La maravillosa Micki?. 
    Mi cabeza enrulada pergeñó un plan de rescate. Quién sabe cómo convencí a mi embarazadisima madre de que me llevara a la feria del barrio, que yo solía observar con mucho cuidado. Ahí pedí lo que necesitaba. Ese mismo día, fuera de horario, fuimos al jardín.  
    Estaba Micki. Le di el regalo. Ese hermoso y colgante cogote y cabeza de pollo eran el detalle que le faltaba. No sé por qué lo recibió con tan poco entusiasmo. Lo miró con una ojeada rápida y llamó a la portera para que lo guarde en la heladera, tratando de disimular el gesto de asco. Ahí terminé de entender, no sé si de aceptar. Las mujeres no tenemos pito, ni las niñas de tres, ni las niñas de cinco, ni las mamás embarazadas ni las dulcísimas maestras jardineras con lunitas blancas en las uñas. 




Foucault para niñas pequeñas

    En el año 79 yo tenía nueve años, y ya había vivido en varios lugares, entre ellos un año en San Salvador de Jujuy.
    De Jujuy volvimos apaleados y sin casa, nos fuimos a vivir a lo de mi abuela en Olivos, y desde ahí nos íbamos todos los días a la escuela en Castelar.
    Yo era más bien sobreadaptada. Trataba de conservar un equilibrio precario a fuerza de libros, lapices de colores y una capacidad de fantasear casi ilimitada. Intentaba ser buena, me esforzaba mucho en eso, porque parecía ser un buen camino: lograba no enojar ni angustiar a nadie. La contra de esta estrategia fue que nadie me registraba demasiado. Solía esconderme debajo de las camas, para ver si me buscaban y ahí quedaba, hasta que me dormía.
    Un día tuve un rapto y dibujé con un alambre en la cómoda de madera favorita de mi abuela. En el cajón de abajo, poco visible. Al poco tiempo lo encontraron. Mi abuela debía estar medio harta de tener ese montón de chicos en su casa, así que aprovechó la oportunidad para hacer un escándalo épico.
    Los sospechosos fueron identificados con facilidad: mis hermanos menores, Isabel y Pedro. Ambos se negaron a declararse culpables, y fueron sentados en sillones enfrentados con la consigna de no moverse de ahí hasta que alguno confesara. A nadie se le ocurrió que podría haber sido yo.

    Aguanté un rato. Debe haber sido media hora de la tortura moral más intensa de mi vida. Finalmente confesé. Mamá me dijo que seguramente mi castigo ya había sucedido mientras me decidía a hablar. Era así, y la cosa se olvidó rápidamente.
    La casita que dibujé en la cómoda de mi abuela está todavía ahí, con su pedido inarticulado.

PAJARITOS

          Pedro mató pajaritos con una gomera. Yo le conté a mamá. Mamá le contó a papá. Papá le pegó a Pedro, Pedro se cayó y papá lo pateó en el piso.

          Muchos años después, cuando ya hacía tiempo que Pedro había muerto, papá le escribiría un poema donde se preguntaba si lo reconocería si se encontraran en el cielo, y le decía que preferiría que lo hubiera olvidado, para que no recordara esas patadas, ese día. 

MIS ANIMALES

    Crecí arrullada por perros. Pepino, el cocker que había en la casa donde nací, hizo un agujero en mi cuna para que durmiéramos juntos, y así fue. Intercambiamos camas y cuchas muchas veces, durante muchos años, en un alegre contubernio de mimos, canciones, secretos y pulgas.

    Perros y niña nos prestamos múltiples servicios.
    Uno de ellos, Pelos, se escondía debajo de mi silla para comer los bocados que yo no quería. 
En mi casa de infancia la comida era un tema inflexible y severo. Mis padres habían crecido bajo la sombra culpabilizante de los niños hambrientos de Auschwitz, y el modelo les pareció extensible hasta nosotros. Debíamos comer por los niños hambrientos de Biafra. 

    Nunca entendí por qué carácter transitivo lo que embuchaba yo beneficiaba a esos chicos de panza hinchada que estaban del otro lado del mar. El hecho es que era así, había que comer lo que habían cocinado, que a veces, a mi juicio, era apestoso. Recuerdo ver a mi hermano Pedro frente a un plato de lentejas convertido ya en un bloque sólido, mirándolo desolado mientras los demás llegábamos victoriosos a las tostadas y al Nesquik. 

    Me podría haber pasado lo mismo, pero mi fraternidad con los perros hizo su magia. Sistemáticamente, Pelos se acomodaba debajo de mi silla, y yo, con movimientos hábiles y precisos le hacía llegar bocados enteros de tomate, buñuelos de acelga, coliflores gratinados y demás porquerías saludables que el perrito tragón comía alegremente. A cambio era muy mimado, y se le permitía participar en los juegos de casita y de carreras.

    Los perros me enseñaron mucho.
    Maia, por ejemplo, la ovejero alemán, me hizo saber que papá era cruel. 

    No sé por qué pasaba eso. Papá llegaba cansado del trabajo del hospital e iba directo al fondo, donde estaba Maia atada. ¿Quién la ataba? ¿Por qué la ataban?. Ahí le pegaba con el cinturón.
    Mi cuarto daba al fondo, así que los aullidos de la perra y mi llanto se convertían en una sola cosa, como nuestros nombres, Maia y María. 


LLAMADO


     Escribo esto porque estoy en shock y siento que me disuelvo. No me puedo permitir eso ahora, tengo que estar operativa, así que decidí registrar. Registrar es escribir, es atrapar estos fenómenos, pincharlos con palabras como si fueran mariposas, y diseccionarlos despacito con un bisturí de alta precisión. Soy una entomóloga de mi propia vida de insecto sufriente, y aunque parezca cruel, las palabras alfileres me sujetan y me impiden desarmarme. Lo que tengo para registrar es inútil, no le sirve a nadie. Es la basura que se empieza a acumular cuando llega una mala noticia. 

    Hace dos meses nos enteramos de que la enfermedad había vuelto. Marcos tiene cáncer. El año pasado lo operaron, pero la enfermedad volvió. Esta vez toca quimio. Primeros alfileres.
Fuimos juntos a hablar con la oncóloga. Marcos hizo preguntas precisas. Cuando agarró el librito en el que habían escrito su nombre, “Mi hoja de ruta oncológica”, algo tembló, no sé si fue su mano o mi mirada. 

    No lloré. Hablamos de cosas prácticas, avisamos a los más cercanos, organizamos. Cuando me fui de su casa, y busqué el auto en el estacionamiento, ahí empezó. Quise rayar el auto que estaba estacionado al lado. Un gesto mínimo, pero con toda la fuerza de mi mano y mi muñeca. Con las llaves. Esa sensación, aguda, específica, mutó después en ganas de tirar piedras a las ventanas de los edificios, especialmente a las más relucientes. Si yo estoy rota, ¿por qué ustedes no? Otro alfiler, el odio. Empiezo a entender tantas cosas. Hay momentos en que pienso en la magia, en qué haría si con algún tipo de conjuro pudiera pasarle la enfermedad de Marcos a cualquier otro. Si estuviéramos en tiempos mágicos yo tendría que estar maniatada y amordazada, para que no hiciera caer una maldición sobre la humanidad como una lluvia de plomo o una explosión atómica. La violencia me crece y me rompe por dentro.

    A veces los puentes, hasta los más llenos de acero y hormigón, entran en resonancia. Es una cuestión de vibraciones. La franja de asfalto, habitualmente sólida, empieza a agitarse como si fuese una cinta, en un movimiento que sería bello si no estuviera hecho de cosas que necesitan estar quietas. El puente se mueve, baila, hasta que colapsa la estructura. Así estoy yo. Las coordenadas de tiempo y espacio tiemblan, se retuercen. Debo estar en un espacio no euclidiano. Llegar al hospital, por ejemplo. Subte línea B, subte línea H en dirección a Hospitales, bajo en Jujuy, voy por Caseros y después Perdriel. Es una L. Dos líneas que se intersectan, un ángulo recto, conceptos geométricos básicos. Me perdí cuatro veces seguidas. Parece imposible pero fue así. 
     Y el tiempo… algo pasó con los intervalos. Pienso, pero reacciono varios segundos después, o reacciono bastante antes de poder pensar. Por eso Julián, que asiste con dulzura y seriedad a todos estos eventos, suele abrazarme muy fuerte y maneja en mi lugar cada vez que puede.  

    Cuando la vida se vuelve un puente en resonancia hay que tener cuidado con muchas cosas. Con las metáforas, por ejemplo. O con las canciones. O con los pronósticos meteorológicos. En cada cosa puede estar agazapado un augurio. Hay que estar despierta para pasar rápido las canciones que hablan de despedidas, o los cuentos de chicos que se transforman en peces. Ni hablar de las tormentas, cuando son sin agua, de viento seco y caliente, que no traen bondad ni para el pasto. 

    Siguen siendo confiables los sueños. Cuando le dieron el diagnóstico soñé que estaba subido en el techo de una casa alta y solitaria. Me daba cuenta de que estaba en peligro, y de que si yo hacía algo intempestivo para salvarlo podía perder el equilibrio y caer. Entonces me alejaba un poco y le hablaba como si recién estuviese llegando. Así estoy, llamándolo despacito, todo el tiempo. Para que sus células se tranquilicen, se aquieten. Quizás el cáncer sea células que entraron en resonancia.
    El domingo antes de que empezara la quimio lo pasé buscando datos de animales. A qué velocidad vuela el halcón peregrino, o la pantera, que en realidad es un leopardo negro, y si la mirás con luces infrarrojas se ven las manchas. Busqué imágenes de un dragón azul que vive en el mar, y un video de unos perros que se organizan con un ternero y dos vacas para consolar a un chico que finge llorar. Sabía que Marcos le tenía miedo al momento del pinchazo en la vena. Finalmente no me dejaron estar con él, así que me fui diciéndole que pensara en su gata, y me miró con su cara de mamá te pusiste pesadísima. 

    Escucho el llamado que le hacen los hombres con esa ternura rara que les es propia. Con el papá habla de fútbol, la Champions League parece ser un gran territorio para hablar de la adversidad y del amor. Con los amigos armaron una campaña de Calabozos y Dragones, un juego de rol en el que hasta el más tímido sale a encontrar objetos mágicos con poderes sanadores. Su hermano menor, Santiago, entró a la sala de quimio al grito de "¿ya te están pasando el líquido para volverte superhéroe?". Francisco, su hermano mayor, habla horas en Discord con él hasta que logra hacer aparecer las palabras de preocupación o pena. Marcos dirige el juego de rol y pasa largos ratos de sus horas de quimio inventando aventuras. Cuando le pinchan el brazo derecho le dicta a su papá, que lo asiste con la solemnidad de un copista medieval.

    Esos son mis alfileres. El odio, el resentimiento y la envidia a quienes tienen sus hijos sanos. Resultó que soy muy mala. Cuando son amables conmigo, especialmente la gente desconocida, me dan ganas de llorar. Ahora que soy tan mala supongo que no lo merezco. 

    Paso mucho tiempo en el subte. Hoy, en la estación Caseros, un hombre macizo y canoso empezó a cantar y a tocar la guitarra, mientras caminábamos hacia la salida con paso inevitablemente uniforme. Dos rasgueos y fue evidente que era una canción religiosa. "Vamos con alegría señor, cantando vamos con alegría señor, los que caminan por la vida señor, llevando tu paz y amor". Por algunos segundos tuve una sensación dulce, el caminar con amigos, bajo la mirada amorosa de un padre bueno. Me hubiera gustado sentir eso un ratito más. Pero no creo en Dios, ni en el destino, me parece que estamos solos en una gran oscuridad. Si toca, toca, la suerte es loca. Ni por bueno, ni por malo, ni por sano, ni por vicioso. No hay plan, no hay premio, no hay castigo. No hay nada que aprender. Era posible, aunque no fuera probable, y le tocó a él. Pobrecito. Pobrecitos todos nosotros.

    La novia de Marcos se llama Marina. Es española, alta y delgada. Cuando vino a la quimio se acostó con él en el sillón con un desparpajo hermoso. Los dos, largos y elegantes como juncos, abrazados en ese sillón grande y gris, eran luminosos. Esa mañana de quimio, en las idas y vueltas con café, la perdí de vista. "La mandé al jardín, para que vea plantas y tome sol. Acá hay mucha gente enferma y si se queda mucho tiempo se va a entristecer", me dijo Marcos. Al rato volvió, trayendo de regalo una hoja verde, grande y reluciente. Marina también lo llama. 

    Ahora escribo mientras desayuno en Café Martinez. Hace varios días que hago lo mismo. El café está delicioso y reconfortante, las tostadas crujientes, todo es perfecto. Me gusta este momento. Cada vez que me gusta algo pienso en qué pasaría si Marcos muriera. ¿Odiaría esto? ¿El café, las tostadas y el queso blanco? ¿A Julián? ¿A Francisco? ¿A mi gatita Agua? ¿O ni siquiera podría odiar? 
    Sé que no podría existir.

    No llegamos todavía ni a la mitad del camino, pero éste es mi texto y acá mando yo. En este cuento Marcos se curó, ahora tiene 35 y vive con Marina en Esquel. Tienen una hijita que se llama Aina, que tiene los ojos verdes como ellos y las piernas llenas de raspones de los chicos que se la pasan corriendo por el bosque, construyendo casitas en los árboles y juntando hongos o zarzamoras. Aprendí a tejer y hago bufandas de colores inverosímiles que suelen terminar en las cuchas de perros y gatitos. Cuando voy a Esquel le cuento los cuentos que fui juntando en mi corazón para ella. Marcos y Marina salen a tomar cerveza en el pueblo mientras Julián, Aina y yo nos dormimos en un sillón delante del fuego, arropados por las palabras que nos siguen llamando. 



LA EXPOSICIÓN


       La exposición había sido el 15 de abril de 1874. Habían estado ahí todos los críticos de arte de París, y habían salido en estampida, a las carcajadas ante lo que habían visto. Los comentarios no tardaron en llegar a los diarios: eso que habían intentado hacer pasar por arte eran deshechos, restos, pintados por manos torpes y cabezas enfermas. Todas las plumas volcaron su ingenio e ironía para describir la barbarie. "Veamos el libreto. Impresión, sol naciente. Impresión, estaba seguro. Yo mismo me lo decía: puesto que estoy impresionado, debe de haber impresión ahí dentro... Y, ¡qué libertad, qué soltura en la factura! ¡El papel pintado en su estado embrionario está aún más acabado que esta marina!", decía uno de ellos.

       André Poison tenía treinta años y hacía cinco que escribía para la Gaceta de las Bellas Artes. Era delgado y severo, y sus reseñas tenían una cualidad exhaustiva que le había dado cierto renombre como crítico. Ajeno a los chistes y al sarcasmo, Poison analizaba el arte como un enamorado o un ingeniero. De hecho, podríamos decir que Poison sólo se había enamorado del arte. A él lo capturaba el proceso de pasaje de la belleza al lienzo, con sus construcciones metódicas y cuidadas. La belleza efímera y móvil de la vida renacía, bidimensional y quieta, a la inmortalidad. Eso dejaba a Poison fascinado. Solía recorrer los talleres de los grandes artistas, usando toda su capacidad de observación para hacer comprensible el proceso de transmutación. Él nunca había pintado, ni quería hacerlo. Alguna vez había tomado un pincel en el taller de un amigo, pero una sensación dolorosa a la altura del esternón le había hecho dejarlo rápidamente. Estaba enamorado de una mujer pintada por Botticelli en 1483, un fresco florentino que estaba en el Louvre, al que iba a ver todos los jueves. Secretamente le había puesto un nombre, la llamaba Bianca.

       Poison no participó de la carcajada colectiva, sus reseñas fueron un modelo de sobriedad y claridad. Quienes las leyeron supieron cabalmente por qué eso que había sucedido en el Boulevard des Capucines era peligroso. Esos trazos sueltos, esas pinceladas en las que vibraba la mano del pintor eran caballos de Troya, llevaban escondida una devastación de la que París entero tenía que cuidarse.
       Aún recordaba el aturdimiento que lo había golpeado como una trompada en la nariz en la exposición, cómo se había ido casi corriendo, para entrar en un café de la colina, y pedir algo fuerte. Esa noche tomó alcohol por primera vez. Le trajeron un vaso de absenta, cuyo color verde le produjo un efecto hipnótico. Al mirar ese círculo verde estalló en su cabeza otro, un recuerdo de la exposición: un círculo naranja. André parpadeaba, y en ese parpadeo los círculos verde y naranja se confundían y se mezclaban. Esa noche había terminado borracho y con dolor de cabeza.

       En París de 1874 había empezado una guerra. Los expositores y todos sus simpatizantes fueron expulsados de la Real Academia de Bellas Artes. Los rebeldes no se habían quedado quietos, y montaban exposiciones breves y sorpresivas a orillas del Sena. Los parisinos se burlaban y abucheaban, pero algunos jóvenes se iban acercando. Circulaban panfletos con caricaturas de Bourgier y Randon. Ya se habían registrado riñas en los alrededores de la Academia, y había dos heridos por golpes de caballete. Los talleres de unos y otros eran bombardeados con bolas de bosta y pintura. Uno de los profesores de la Academia se había sumado al bando de los expositores, y se rumoreaba que su esposa era amante de otro de ellos. Había un pintor contrahecho, con piernas muy cortas, que vivía con las prostitutas de los cabarets de la colina. 
       París se acercaba vertiginosamente al siglo XX, como un barco que lleva la peste.

       En el mundo periodístico empezó a circular un rumor insistente: los pintores serios habían formado un grupo llamado Fraternidad de la Línea, y se juntaban en el taller de Bourgier a preparar la contraofensiva. 
       Poison fue uno de los primeros en enterarse de ese rumor. No estaba bien. Desde la borrachera le había quedado el punto naranja fijado en el ojo de la mente, y se encontraba con él a cada paso, especialmente en los momentos de entresueño, lo que lo estaba condenando a un insomnio crónico. 

       El viernes 28 de mayo, a la noche, André salió a caminar para esquivar las imágenes y el insomnio. Casi sin darse cuenta llegó a la puerta del taller de Bourgier, al que había ido tantas veces a admirar obras monumentales. De adentro llegaban voces estridentes. Poison golpeó. La puerta se abrió rápidamente y Ferdinand Germain, alumno del taller, le permitió pasar. Más de una vez André volvería sobre ese punto, ¿por qué lo dejó pasar? Los que estaban ahí adentro eran pintores, y él no. 
       Ferdinand lo hizo pasar al taller, una estancia enorme y levemente teatral. Había sillas acomodadas en semicírculo y una mesa central, con botellas de vino y frutas. En el fondo se veía una obra sin terminar. Era un cuadro de aproximadamente cinco por tres, que mostraba a una Danae nacarada y dormida, a la que un Zeus con aire napoleónico se acercaba con gesto decidido. Quizás, en un tiempo no muy lejano, esa escena a la que estaba entrando Poison sería recordada en un cuadro clave para la historia de la pintura francesa, el cuadro iniciador del Siglo XX. Podría llamarse "Los redentores", por ejemplo. Probablemente la pintaría el propio Bourgier.
       El maestro presidía la mesa. Al ver a Poison se dirigió a él con voz solemne:
-Estamos acá para detener esta infección. Lo que está en juego es serio, es la responsabilidad por la belleza, y con ella, de la civilización. Tú, Poison, si decides unirte, habrás de encontrar los modos de servir a tal responsabilidad. Si esa es tu voluntad, repite conmigo este juramento- Bourgier hizo una pausa, hinchó el pecho y continuó 
-Juro defender la belleza que habita en el arte. Juro defender las enseñanzas de los grandes maestros. Juro seguir la Línea.-
André repitió las palabras con seriedad. Después las voces volvieron a su tono animado y las copas circularon con velocidad.
    André tomó una copa de vino. Después dos más. A su alrededor las voces se fueron convirtiendo en un bloque sonoro cada vez más lejano. Alcanzó a oír la palabra duelo antes de fijar su mirada en el círculo de vino que estaba por tomar. Notó la reverberación de la luz en el morado profundo, y los reflejos oscuros mezclados con el plata del cristal. Cerró los ojos, y reapareció el naranja, que se mezcló con el verde de la absenta. El naranja flotaba en el centro, y a su alrededor el verde y el morado se movían como pinceladas en las que todavía vibraba la mano del pintor. El dolor de cabeza estalló.

       Poison se despertó a la mañana siguiente, en su dormitorio. Estaba vestido, y a sus pies había una nota con un comentario jocoso sobre su borrachera. Se levantó con dificultad, y hundió la cabeza en agua fría para tratar infructuosamente de que el dolor amainara.
    Tomó café, intentó escribir, pero su desasosiego era demasiado grande. Volvió sobre sus pasos de la noche anterior. El taller de Bourgier siempre había sido un refugio para él, quizás lo fuera esta vez también. Recorrió las calles que separaban su casa del taller a los tumbos, pasó por plazas y parques y llegó a lo de Bourgier sin aliento. Golpeó la puerta con fuerza y se abalanzó al interior de la habitación. Danae y Zeus seguían presidiendo la estancia, pero esta vez André no tuvo para ellos ninguna señal de reconocimiento. Se quedó parado, inmóvil, estaqueado por el dolor de cabeza y la confusión. 

       André no se explica lo que pasó después. Solo recuerda que tomó un bastidor pequeño, en blanco, de los que se usaban para estudio de detalles, y que lo acercó a donde se guardaban las pinturas y los pinceles. Tomó un pincel, lo hundió en la pintura naranja, y sin tener tiempo para pensar, lo deslizó por la tela. Casi eufórico buscó verde y morado. El cuerpo le hormigueaba de la cabeza a los pies mientras enchastraba la superficie con la imagen que lo había atormentado. El dolor y la incandescencia ya no estaban en él, ahora estaban ahí, en la tela. 
       El color se había desplegado, y en él vibraba la mano del pintor.

       Pasaron unos minutos. Poison miraba fijamente el bastidor que parecía latir como un sol pequeño en el taller oscuro. Finalmente lo agarró y salió corriendo, aterrado con la idea de que pudieran verlo con esa injuria en las manos. ¿Qué castigo habría para los traidores? Ya en su casa lo volvió a mirar. El engendro parecía sonreírle y la cabeza ya no le dolía. Una sensación ambivalente le crecía en el cuerpo.     Debía quemarlo, nadie debía saber nada de él, y al mismo tiempo, no podía negar una especie de simpatía por ese pedacito de color que había salido de sus manos. Se dijo a sí mismo que tenía que esperar que se seque el óleo para que el fuego prendiera, lo escondió debajo de la cama, y salió. 
       Era primavera en París. 
       Poison salió a caminar. Se sentía liviano y alegre. Por primera vez en más de un mes no le dolía la cabeza y eso le daba ganas de bailar. La luz hacia sus juegos en los follajes de los árboles y en los empedrados. Sin pensarlo demasiado compró pan, vino blanco y queso, y se encaminó al Sena. Era jueves. Sabía que tenía que ir a la redacción, pero estaba lleno de una espuma alegre que parecía moverlo con una voluntad que no era del todo propia. Almorzó sentado en la orilla, y se quedó absorto mirando los reflejos del agua y las sombras proyectadas por los puentes. Cerca de donde estaba sentado se desarrollaba una exposición sorpresiva de sus enemigos. Decidió acercarse. Esta vez, la explosión de color no lo asustó. Esos bastidores no demasiado grandes hablaban un idioma que ahora conocía. El diálogo no era con sus ojos buscadores de precisión, era con el aire, el agua y el calor que se movían en su cuerpo. 
       De golpe, Poison recordó su juramento. Y en ese momento se disolvieron la espuma y la luz. Recordó que era jueves y que no había ido a ver a Bianca.  Encorvado, caminó hacia la redacción. Ya ahí revisó sus notas, leyó cartas y trató de retomar el texto que estaba escribiendo, una nota enérgica valorando el uso de elementos mitológicos en la interpretación de las obras pictóricas actuales. 
No pudo avanzar más de medio párrafo.  

       En ese momento se acercó un mensajero agitado y le entregó una esquela. Era de Germain. Le pedía que se acercara lo más pronto posible al taller de Bourgier. André se apuró a ir y encontró al maestro en un estado de furia y conmoción. Sin hablar le extendió un panfleto. En él había una caricatura tan satírica y bien hecha que era imposible no reírse. Mostraba a un Bourgier con las nalgas muy gordas sentado sobre un edificio que era claramente la Academia de Bellas Artes, que se resquebrajaba bajo su peso. Tenía cuernos y de su boca salía un texto que decía "Que suerte que la manada de borregos me sostiene". André trató de disimular la sonrisa, que se le borró abruptamente cuando Bourgier le dijo que había retado a duelo al caricaturista. "Tendrás que ir tu, Poison. Tu juramento te obliga, y el deber te llama" "Las Bellas Artes no me pueden perder a mí. El valor de tu acto será elevado hasta el Parnaso. Si ganas serás laureado toda tu vida,y si pierdes, tu vida habrá sido dada por arte francés. No puedes negarte" 
       André se sentó aturdido. A partir de ahí todo sucedió con rapidez. Le mostraron las armas que usaría, y le explicaron que la cita era dentro de media hora, en el bosque. 

       Estaba atardeciendo. El bois de Boulogne estaba poblado de leves lenguas luminosas que se mezclaban con sombra cada vez más espesa. A André le entregaron su arma. De pronto vio a un grupo nutrido que se acercaba. A la cabeza iba el duelista, un hombre joven. "Soy Claude Monet", se presentó.     Tenía ojos oscuros e inteligentes, y lo miraba con una súplica profunda. A André se le llenaron los ojos de lágrimas. Esos eran el nombre y el apellido escritos en el cuadro del círculo naranja. André no quería matar a ese hombre. De ningún modo y bajo ninguna circunstancia. Tampoco quería matar al círculo naranja, ni al engendro luminoso que seguía debajo de su cama. Todo en su interior se revolvía contra la idea de esas muertes, la suya, la de él, y la del color de esas telas. Nada en él era afín a esas muertes.

       Entonces lo hizo. Tiró el arma al suelo, que cayó sin hacer ruido sobre el manto de hojas y flores silvestres. Se dio media vuelta, y se alejó. 




ROSA


         Rosa Fuentes era poeta, y tenía 19 años. La poesía la encontró en el intento de hacer algo con su extravío irremediable en los signos de la lengua escrita.
         Desde muy chiquita debía decir las palabras muchas veces, hasta encontrar el sonido que se acoplara a un concepto inteligible, que atrapara a todas esas otras palabras errabundas, las que no eran, las equivocadas, que se le escabullían de las manos y de la boca. Esas, las otras, le bailaban en la memoria con una especie de cosquilla, que se apagaba cuando lograba escribir, con su letra lenta y laboriosa. Ahí quedaban en el aire onir, rami, aroni, inmovilizadas en la palabra marino, por ejemplo. O deira, prie, parai, en la palabra piedra.
 Aprender a leer y escribir le llevó primero inferior, primero superior y segundo grado. Leer era una gesta agotadora, que la dejaba llorando una y otra vez. 

         En su libro de lectura de tercer grado encontró un poema de Juana de Ibarbourou:
Crecí
para ti.
Tálame. Mi acacia
implora a tus manos su golpe de gracia.

Florí
para ti.
Córtame. Mi lirio
al nacer dudaba ser flor o ser cirio.

Fluí
para ti.
Bébeme. El cristal
envidia lo claro de mi manantial.

         Algo en las palabras ordenadas así, esas vocales insistentes, esas torrecitas de letras que se desparramaban como un paisaje, le permitió algo parecido a entender. De ahí en más dejó que fuera el largo de las palabras, el blanco que quedaba entre ellas y el sonido de las vocales lo que guiara su comprensión de los textos escritos.
        Ese método no era muy útil para aprender historia, mucho menos geografía, o para orientarse en un problema de matemática. Por eso dejó la escuela al terminar quinto grado, que tuvo que hacer dos veces. Rosa lloró. Ese lugar que la había expulsado tenía algo que le pertenecía y que dejaba atrás para siempre. 

        Su madre era la peluquera del barrio. Su padre, repartidor de leche, había muerto de una neumonía mal curada cuando Rosa tenía seis años. Todas las noches, antes de dormir, Rosa evocaba el movimiento rítmico del carro del padre y a su voz gritando -¡Acá llega la leche, señora! ¡Leche blanca y buena como mi Rosita blanca!-

         Rosa empezó a ocuparse de las tareas domésticas, y después a ayudar a su madre en la peluquería. En poco tiempo aprendió a platinar melenas, a construir torres de tirabuzones con bigudíes y a planchar rulos. Los mediodías, mientras su madre descansaba las piernas hinchadas, se iba a la Biblioteca Popular, donde había encontrado la sección de poesía.

         En el silencio de la biblioteca empezó a testear palabras, llenando de tachones hojas y hojas. Era una adolescente tan solitaria como había sido de niña. El lenguaje parecía faltarle o sobrarle cada vez que intentaba interactuar con gente de su edad, y eso le provocaba un dolor agudo en los omóplatos, entre las costillas y en el esternón. Sólo se sentía bien con la gente mayor, con la que intercambiaba palabras siempre un poco sueltas, subrayadas con gestos atentos y a veces disparatados. Muchas señoras iban a la peluquería de Genoveva para pasar un rato con la chiquita de ojos brillantes y palabras graciosas.

        Sus poemas sólo eran leídos por la bibliotecaria, la señorita Lila, una dama soltera, socialista, con rodete gris y ojos dulces y miopes. Asombrada por el lenguaje desbocado y a la vez extrañamente preciso, se los mostró a un viejo docente de lengua castellana que solía ir a la biblioteca. Él le sugirió que los mandara a un concurso que organizaba la revista Sur. 

        Los poemas volvieron premiados, y Rosa se encontró con una serie de invitaciones inesperadas y promesas de publicación. Un 20 de marzo fue por primera vez a la Casa Ocampo, en San Isidro. La casa, epicentro de la vida cultural porteña, albergaba a Victoria y a una corte de artistas, críticos y voyeurs.
        El viaje desde Chacarita hasta San Isidro fue largo. El tranvía la dejó en Retiro, donde tomó un tren que la llevó hasta la estación. Ahí la esperaba un auto con un chofer, a quien saludó con un amable “Buenas tardes Señor Ocampo". 

        El jardín oscuro y profuso la conquistó inmediatamente y le hizo perder un poco el miedo. Si necesitaba escaparse había un laberinto vegetal que la podía ayudar. Las luces, los jarrones con flores, los sirvientes con uniforme, la comida colorida y ordenada en formas piramidales o espiraladas la extrañaron y la regocijaron. 

        Los poetas promisorios la recibieron con amabilidad. Su pelo con rulos rubios y su cintura ajustada en un vestido de rayón verde claro se destacaban contra la uniformidad elegante de la clase alta porteña. Las mujeres jóvenes, en seda azul o beige, con idénticos collares de perlas, la miraron con curiosidad y desconfianza. Rosa permanecía silenciosa, observando con los ojos oscuros muy abiertos ese baile social de jerarquías e ironías incomprensibles.

         Cuando Rosa empezó a leer el auditorio se llenó de sonrisas burlonas, que se fueron borrando a medida en que el texto avanzaba. La voz de Rosa sonó como el murmullo de un mar lejano, otoñal, perdido inexorablemente. Las palabras empezaron suavemente pero se desplomaron sobre el auditorio sumergiendolo en ganas de llorar.

        Rosa volvió a su casa. La invitaron nuevamente. 
La situación se repitió una y otra vez: el convite con cierta malicia, y finalmente la voz y el llanto. 
De a poco se fueron presentando. Lauro Ortiz de Acuña, un hombre joven, entabló con ella un diálogo que continuó en cada encuentro. Tenía un auto nuevo con el que la llevó hasta su casa varias veces. Rosa se fue acostumbrando a estar con él. Cada vez podía hablar más, y los pinchazos en las costillas habían mutado a una sensación tibia en la panza y pesadez en los párpados que parecía sueño pero no era.

        Estaba llegando la primavera. Lauro y Rosa habían compartido un picnic en las barrancas de Belgrano al que llamaban risueñamente el Decamerón porteño. Ese día Rosa no había tenido ganas de leer ni de recitar, y se había quedado sentada muy quieta al lado de él.  
        Cuando empezó a refrescar, Lauro se ofreció a llevarla hasta Chacarita. Rosa viajó sumida en ese silencio insistente que se le había instalado a la tarde. Lauro habló y habló. De sus viajes, de sus sueños, de las estancias de su familia aburrida y del placer que le provocaba manejar ese auto y llevarla a ella. De que le gustaría tanto que ese viaje durara mucho tiempo. Así llegaron a la calle de la casa de Rosa. Ya atardecía.  
        Lauro se detuvo, abrió la puerta del auto y Rosa bajó. En ese momento se cruzaron en la vereda dos ancianas, vestidas con ropa colorida y peinados altos con flores trenzadas. Rosa corrió hacia ellas y se agachó para abrazarlas. Las viejitas la palmearon con entusiasmo, conversaron unos minutos y siguieron su camino. Rosa se irguió hacia él con una sonrisa resplandeciente -Son las mellis, las peiné hoy a la mañana para que vayan al corso de primavera-, dijo sin dejar de sonreír. 

        Lauro la besó. En el beso la encontró suave, tibia, redondeada y con un lejano olor a naranjas. Ella lo encontró fuerte, grande, y se le agolparon montones de palabras en la cabeza. Hombre, árbol, pasto, viento, madera, río, labios, cielo, sol, vení, humo, banderas. 
        Se besaron con sorpresa y delicia. Para ella la sorpresa era una y para él otra, pero la delicia era igual para los dos. Se detuvieron porque pasaba gente. Rosa entró en su casa corriendo, golpeando la puerta. 

        Lauro no volvió. 

        Unos meses después llegó la invitación a la velada de lectura poética de fin de año. Era la más importante, ahí leían los poetas ya consagrados y los principiantes más promisorios. Se hacía en la Casa Ocampo.
        Rosa decidió ir. Recorrió el camino ya conocido, y entró al jardín iluminado, donde un cuarteto de cuerdas tocaba música barroca. El talante aguerrido que la había sostenido hasta ahí empezó a vacilar. Tenía tantas ganas y tanto miedo de verlo que sentía que se iba a derrumbar como las montañas de letritas del poema de Juana de Ibarbourou. 
Finalmente lo vió. Estaba en el fondo del jardín. Tenía una mano ocupada con una copa de champagne y la otra enlazada a la de una mujer joven, de pelo castaño claro, cuello largo con collar de perlas y ojos verdes. 

              Rosa se tropezó y empezó a caer en un movimiento que le pareció interminable Era una o, una e, una a, rodando por la ladera de una montaña y acercándose a un precipicio del que saltaría hasta estrellarse contra el suelo y convertirse en un montoncito de astillas negras. De pronto la caída se detuvo. Una mano fuerte y masculina la había sostenido y la llevaba casi en andas hasta una silla. Era un hombre, sí, pero tenía perfume de mujer, estaba maquillado y llevaba un vestido de lentejuelas plateadas. Tacos altos, boca con rouge bermellón y peluca cobriza, mantenida en su lugar con una diadema brillante. Rosa lo miró con sorpresa.
-Soy Renato Lucca acá, chiquita, pero para vos soy también Leonella.
 Rosa se dejó acomodar en la silla y tomó el agua que Leonella le ofreció. Parecía haber entendido todo con una sola mirada.
-¿Te enganchaste con el salame de Lauro, no?-,
Rosa asintió con un gesto-
-¿Vos sos la piba que hacía llorar a esta manga de ratas de albañal?
-Creo que sí-
-Entonces sos una leona, querida. Sos de las mías. Estos se creen que somos payasas, pero somos leonas. Basta de llorar. No podés llorar. Menos por ese homúnculo, pedazo de espermatozoide defectuoso, que tiene menos huevos que gallina lisiada. Vos y yo vamos a salir al escenario y los vamos a matar a todos-.
Rosa y Leonella se quedaron conversando entre las plantas.

         Finalmente entraron de la mano. Rosa empezó a recitar mientras Leonella cantaba con voz profunda una cadencia de notas sostenidas.
Las palabras llegaron como una cabalgata lenta. Hilos de materia oscura que se enroscaba y desenroscaba como puñados de serpientes entraron en los oídos de la audiencia, dejándola inerme, a merced del sonido. 

         Rosa decía lo silencioso y lo rechazado, mientras se sacaba las sandalias, el vestido turquesa y la enagua contra el verde oscuro del follaje de la Casa Ocampo. Así, desnuda en el jardín nocturno, los hizo llorar de dolor, encogidos ante una verdad que los llamaba con los nombres ocultos del fracaso, la traición y la desgracia. Les dio ganas de morir aplastados por aluviones o por trenes, o por una bala en la sien. 

       Lauro la miraba inmóvil. De repente se tiró al piso como quien se rinde y gimió, arrastrándose hacia ella y estirando el brazo hasta su pie desnudo. Rosa adelantó unos centímetros el pie y dejó que los dedos de Lauro la tocaran. 
        En ese momento Rosa se calló, y Leonella la envolvió en la capa de lentejuelas plateadas. Las dos salieron hacia el costado, dejando al público en sollozos y a Lauro tendido en el pasto como un muñeco roto.

Final de Mordor

Para Rita


    En ese momento no sabíamos que esas fiestas marcaban el final de Mordor. Salimos camino a Ostende en un autito viejo cargado de valijas, dos adultos y cinco chicos. Nuestros padres iban con la idea de descansar de un año lo suficientemente horrible como para incluir a una niñita de cuatro años aplastada por un camión de soda delante de tres amiguitos entre los que se encontraba mi hermano menor, Juan.


    Yo había pasado mi cuarto grado, el primero en esa escuela, con todos los estigmas de la pobreza recién llegada. Recuerdo una salida escolar caminando en la que la bombacha, vieja y sin elástico, se me cayó delante de todos. Recuerdo también que llevaba unos sandwiches de queso cuartirolo que me daban tanta vergüenza que los comía escondida detrás del banco. 


    En esa época leía como una loca. Leía debajo de la ducha, leía en clase, leía en los recreos, leía entre el ruido de los cuatro hermanos en la habitación chiquita, o entre las peleas de mis padres. Leía a pesar, a favor y en contra de todo. Caía dentro de los libros como si fueran pozos muy hondos, salía trabajosamente, e  iba saltando de uno a otro lo más rápido que podía. Lo que había en la superficie, fuera de los pozos, era triste e incomprensible, así que trataba de estar ahí lo menos posible. Adoraba a Enid Blyton y por supuesto, a Luisa May Alcott, con la hermosa Mujercitas, novela que leo desde los seis años y todavía no me cansó. 


    Mujercitas empieza con esta frase: "Navidad no será Navidad sin regalos, murmuró Jo, tendida sobre la alfombra" El mundo de las hermanas March es el de cuatro chicas viéndoselas con la pobreza recién llegada. 


    Agotados, desdichados y vencidos, llegamos al fin del 79, y, con los últimos restos de algo (sospecho que algún pedido de plata a parientes que no encontraron cómo rehusarse, o la venta de algún último cuadro o mueble), salimos camino a Ostende. Íbamos a pasar las fiestas y mitad de enero ahí. 


    Con mi espíritu curioso y metiche, yo solía ayudar a mamá a elegir los regalos de Navidad, y por eso sabía lo que me esperaba a mí. Era un libro de Los Cinco, de Enid Blyton, en tapa dura, papel satinado y ¡fotos!. Había alcanzado a hojearlo en la librería y sabía con certeza que ahí adentro me estaba esperando el paraíso. 


    Salimos hacia Ostende. En el camino cantamos "Sal de ahí chivita chivita" y adivinamos de dónde venían las distintas patentes, porque en ese momento las patentes tenían una letra que indicaba la provincia de procedencia. Papá manejaba muy rápido. 


    Llegamos  a Ostende.  Bajamos del auto y salimos corriendo por ese espacio verde rodeado de tamariscos y acacias como si volviéramos a respirar. La casa era blanca, grande y plácida, con un jardín ondulado y espacioso en el que se veían los rastros de los tucu tucus, unos animalitos muy simpáticos que hacían túneles  con agujeros por los que se asomaban y después comían las raíces del pasto. Los dueños de casa, una pareja de ancianos, se llamaban Benvenuto.


    Nuestros padres fueron  a bajar las valijas, y encontraron que faltaba una. Faltaba la valija de los regalos. Seguramente la habían robado cuando paramos en Las Armas para ir al baño. 


    Cuando escribo esto pienso en O'Henry, y en que ésta historia es tan de Navidad, que la debería escribir él y no yo. Pero bueno, O'Henry no está y esta historia me toca a mí. 


    El libro de Los Cinco no estaba, y no estuvo nunca más. De adulta intenté rastrearlo pero no encontré ni una huella. Sólo la memoria certera de mi madre me impide pensar que lo aluciné.


    Se imaginan, ¿no? Una especie de desolación tan agotada que no te deja siquiera compadecerte. Algo así. 

Lloré por ese libro como lloré por pocas cosas en mi vida. Pero después se activó algo. Yo creo, ahora, que fueron las hermanas March, Jo, Meg,  Beth y Amy. Los cinco nos pusimos de acuerdo e hicimos regalos para todos. Abundaron los collares de caracoles decorados con marcador y las piñas convertidas en muñecos o en  pisapapeles. Además hicimos un pesebre viviente con muchísimo éxito, grandes performances actorales y poco texto.  Las hermanas March, en su Navidad Sin Regalos, habían hecho una obra de teatro escrita por Jo. 


    La navidad pasó,  el libro de Los Cinco se perdió, pero con el paso de los días nos enteramos de que Pinamar se había quedado sin pediatra, y que papá tendría trabajo seguro si nos íbamos para allá.  En marzo del 80 ya estábamos allá, y yo empezaba quinto grado con quien sigue siendo mi mejor  amiga. Juntas leímos y leímos y leímos, a pesar,  a favor y en contra de todo, pero además crecimos, recorrimos incansablemente el mar y los bosques, hablamos hasta quedarnos dormidas, descubrimos amores, pasiones, búsquedas y explicaciones. Los libros siguen siendo pozos donde caer, pero ya puedo estar en la superficie bastante tiempo.

Cinco

 

Ayer fue la fiesta de mi  cumple. Cumplí cinco. Vinieron mis amigos del jardín y mis primos. Y mi abuela Tatu y mi tía Vivi. Vino Gaby, que es mi mejor amiga. Mamá me dejó poner el vestido azul con flores rosas. Ese es el que mas me gusta, porque el azul es oscuro y parece negro. 

Me despertó mamá con un abrazo. Siempre tiene ese olor delicioso que no tiene nadie más. Me encanta cuando me despierta.  Papá estaba parado en la puerta y me cantó el Feliz cumple con la voz de ópera. Me gusta más el “Que los cumplas feliz” que “Feliz feliz en tu día”. Me asusta cuando dice “amiguito que dios te bendiga”. No entiendo bien eso. No sé qué  es bendecir. Tampoco sé qué es dios,  pero todos dicen "gracias a dios". Tia Vivi cuando se enoja dice "me cago en dios". Mi abuela Tatu le gritó a uno "dios te va a castigar". Y maldición es algo malo. A veces le digo a Magdalena que es una maldita, y mamá se enoja bastante. A mi me lo enseñó Pablito Scogniamiglio. Pablito me da miedo y risa,  juega a la momia de Titanes en el Ring, grita “La momia, luchador sordomudo” y te ahorca.  

Bueno, papá me cantó “Que los cumplas María, que los cumplas feliz”. Eso es bueno. No como Tatu y Vivi que cantan “Que los cumplas Mariquita”. Mariquita es horrible y todos se ríen, pero a ellas no les importa.

En el desayuno me dieron los regalos. Magdalena me regaló una muñeca igual a la de ella.  Le puse de nombre Flora. La bisabuela me mandó un libro y papá y mamá me regalaron lo segundo mejor: un libro enorme, como los de arte de la biblioteca de ellos. El papel es un poco amarillo y tiene dibujos grandes que ocupan toda la hoja. Se llama El libro de los animales encantados. En uno de los dibujos hay una nena que se parece a mí, tiene peinado de  princesa como yo. 

Después vinieron mi abuela Tatu y mi tía Vivi con un regalo rarísimo. Es una madera enorme con dibujitos de circo de un lado. Con eso van a tapar la parte de abajo de la cama de Magdalena. Nosotras dormimos en camas que están una arriba de la otra, yo duermo en la de abajo. Me dijeron que es para que yo no vea los intestinos de la cama de arriba. No entiendo. Los intestinos están en la panza. Me lo volvieron a explicar y entendí, pero no se si me gusta, porque a veces la asusto a Magdalena empujando su colchón desde abajo, y gritando. Cuando pongan eso ya no voy a poder. Tía Vivi me dice que no tengo corazón cuando hago esas cosas. Yo creo que tengo pero chiquito, como la cabecita de un alfiler.

Tatu me trajo también semillas de jacarandá bonsai. Ese regalo es mucho mejor, porque me encantan los jacarandás. Mi canción preferida es “al este y al oeste, llueve y lloverá, una flor y otra flor celeste del jacarandá”. Las flores  del jacarandá no son celestes, son lilas, pero papá me explicó que es por la rima. Celeste rima con oeste.

A la tarde vinieron todos. Gaby me hizo el regalo más lindo de toda mi vida, el más lindo del mundo: un jueguito de té de porcelana, para darles el té a las muñecas. Lo miraba y no lo podía creer. Es blanco, con florcitas rojas chiquititas como gotitas de sangre cuando te pinchás con una espina. La tapita de la tetera es del tamaño de la uña de mi dedo gordo.

Mamá fue poniendo todos los regalos en la cama de arriba, la de Magdalena. Dijo que no vayamos a jugar ahí, que nos quedemos en el living y en el jardín.

Después llegaron Patricio y Gonzalo, mis primos. Me dan miedo. Corren, gritan, las mamá les grita, comen con la boca abierta y dicen malas palabras. Se pusieron a jugar a la mancha en el jardín y después entraron corriendo a mi cuarto. Yo los seguía de lejos, así que  escuché unos ruidos raros, y entré.  Gonzalo se había subido  a la cama de arriba, había agarrado el jueguito de té y le tiraba con las tacitas a Patricio, que las esquivaba y entonces estallaban contra el piso.

             Salí corriendo y llorando a avisarle a papá. Papá y la tía Pancha los retaron, pero ya está. Ya lo hicieron. Está todo roto. Solo queda la tapita de la tetera. La tía Pancha se los llevó de las orejas y me prometió que me va a traer otro juego. Yo no quiero otro, quiero ese que me regaló Gaby.

El resto del cumpleaños fue triste. Había Coca Cola, piononos que hizo mi abuela, medialunas con queso y la torta era de dulce de leche con merenguitos. Es la que más me gusta,  pero no tenía ganas de comer.

Cuando llegó el momento de soplar las velitas me dijeron que pida tres deseos. No los tenía que decir en voz alta.

Pedí otro juego de tacitas.

Pedí una Barbie

Pedí que Gonzalo y Patricio se mueran.

LA PELEA

     Las cosas se pusieron mal abruptamente. El trío de amigas, Silvina, Mónica y yo, habíamos disfrutado de un paraíso de amistad que se re...