LA PELEA
MONET
NATACIÓN
ZAPATILLAS
PARQUE NORTE
GATITA
LENTITUD
Peregriné hasta encontrar la tumba de mi hermano. Me llevó tres años.
Viajé a Viedma, al archivo del dario Río Negro, buscando la fecha en las necrológicas de aproximadamente ese mes, ese año. Todavía no había internet, o no estaba a mi alcance.
No podía recordar. Quién sabe por qué, tampoco podía preguntar.
Encontré la fecha.
Después de un año, pude buscar el teléfono del cementerio.
Varios meses después, llamar. Me dieron números y letras que designaban un lugar.
Ese día caminé no más de cien metros. Los cien metros más lentos, más lentos, más lentos que caminé en mi vida. Encontré un túmulo de tierra seca, sin nombre. Al lado, la tumba de Francisco Flores, a quien agradecí que lo acompañara con ese nombre perfumado. Me llevé una piedrita.
Cuando volví me acosté, o más bien me encerré dentro de una hamaca paraguaya y me quedé ahí el resto del día, inmovil dentro de ese capullo flotante.
Fue una peregrinación hecha de inmovilidades sucesivas.
Fui como la tortuga de Quiroga, pero en mi espalda no llevaba a un hombre herido, llevaba a mi hermano muerto.
Fucking Antígona.
LA POSIBILIDAD DE UN PERRO
LA PATITA
CIRO
Hay un perro que se llama Ciro. Vive en la cuadra de enfrente de la casa de mis padres, en Cipolletti. es un border collie de pelo espeso, blanco y negro, y ojos castaños.
No se cuando pasea, parece estar siempre. Cada vez que me estoy yendo o estoy llegando, está ahí. Ya me reconoce desde lejos, y se acerca con un trotecito indudablemente sonriente.
Vive detrás de una reja de cuadrícula pequeña, así que solo puedo acariciarlo pasando un dedo y haciendo con él un gesto como de rascar. Él se acomoda y acerca el flanco o el cuello para recibir esa caricia ínfima.
Paso por esa vereda en los más variados climas, y en todas las estaciones. En los tres últimos años, mientras se agravaba la enfermedad de papá, pasé muchas veces.
Volví a pasar ahora en Navidad.
Me gustaría abrazarlo, o al menos acariciarlo con la mano completa.
EDUCACIÓN DE LA NIÑA
PAJARITOS
MIS ANIMALES
LLAMADO
LA EXPOSICIÓN
ROSA
Final de Mordor
Para Rita
En ese momento no sabíamos que esas fiestas marcaban el final de Mordor. Salimos camino a Ostende en un autito viejo cargado de valijas, dos adultos y cinco chicos. Nuestros padres iban con la idea de descansar de un año lo suficientemente horrible como para incluir a una niñita de cuatro años aplastada por un camión de soda delante de tres amiguitos entre los que se encontraba mi hermano menor, Juan.
Yo había pasado mi cuarto grado, el primero en esa escuela, con todos los estigmas de la pobreza recién llegada. Recuerdo una salida escolar caminando en la que la bombacha, vieja y sin elástico, se me cayó delante de todos. Recuerdo también que llevaba unos sandwiches de queso cuartirolo que me daban tanta vergüenza que los comía escondida detrás del banco.
En esa época leía como una loca. Leía debajo de la ducha, leía en clase, leía en los recreos, leía entre el ruido de los cuatro hermanos en la habitación chiquita, o entre las peleas de mis padres. Leía a pesar, a favor y en contra de todo. Caía dentro de los libros como si fueran pozos muy hondos, salía trabajosamente, e iba saltando de uno a otro lo más rápido que podía. Lo que había en la superficie, fuera de los pozos, era triste e incomprensible, así que trataba de estar ahí lo menos posible. Adoraba a Enid Blyton y por supuesto, a Luisa May Alcott, con la hermosa Mujercitas, novela que leo desde los seis años y todavía no me cansó.
Mujercitas empieza con esta frase: "Navidad no será Navidad sin regalos, murmuró Jo, tendida sobre la alfombra" El mundo de las hermanas March es el de cuatro chicas viéndoselas con la pobreza recién llegada.
Agotados, desdichados y vencidos, llegamos al fin del 79, y, con los últimos restos de algo (sospecho que algún pedido de plata a parientes que no encontraron cómo rehusarse, o la venta de algún último cuadro o mueble), salimos camino a Ostende. Íbamos a pasar las fiestas y mitad de enero ahí.
Con mi espíritu curioso y metiche, yo solía ayudar a mamá a elegir los regalos de Navidad, y por eso sabía lo que me esperaba a mí. Era un libro de Los Cinco, de Enid Blyton, en tapa dura, papel satinado y ¡fotos!. Había alcanzado a hojearlo en la librería y sabía con certeza que ahí adentro me estaba esperando el paraíso.
Salimos hacia Ostende. En el camino cantamos "Sal de ahí chivita chivita" y adivinamos de dónde venían las distintas patentes, porque en ese momento las patentes tenían una letra que indicaba la provincia de procedencia. Papá manejaba muy rápido.
Llegamos a Ostende. Bajamos del auto y salimos corriendo por ese espacio verde rodeado de tamariscos y acacias como si volviéramos a respirar. La casa era blanca, grande y plácida, con un jardín ondulado y espacioso en el que se veían los rastros de los tucu tucus, unos animalitos muy simpáticos que hacían túneles con agujeros por los que se asomaban y después comían las raíces del pasto. Los dueños de casa, una pareja de ancianos, se llamaban Benvenuto.
Nuestros padres fueron a bajar las valijas, y encontraron que faltaba una. Faltaba la valija de los regalos. Seguramente la habían robado cuando paramos en Las Armas para ir al baño.
Cuando escribo esto pienso en O'Henry, y en que ésta historia es tan de Navidad, que la debería escribir él y no yo. Pero bueno, O'Henry no está y esta historia me toca a mí.
El libro de Los Cinco no estaba, y no estuvo nunca más. De adulta intenté rastrearlo pero no encontré ni una huella. Sólo la memoria certera de mi madre me impide pensar que lo aluciné.
Se imaginan, ¿no? Una especie de desolación tan agotada que no te deja siquiera compadecerte. Algo así.
Lloré por ese libro como lloré por pocas cosas en mi vida. Pero después se activó algo. Yo creo, ahora, que fueron las hermanas March, Jo, Meg, Beth y Amy. Los cinco nos pusimos de acuerdo e hicimos regalos para todos. Abundaron los collares de caracoles decorados con marcador y las piñas convertidas en muñecos o en pisapapeles. Además hicimos un pesebre viviente con muchísimo éxito, grandes performances actorales y poco texto. Las hermanas March, en su Navidad Sin Regalos, habían hecho una obra de teatro escrita por Jo.
La navidad pasó, el libro de Los Cinco se perdió, pero con el paso de los días nos enteramos de que Pinamar se había quedado sin pediatra, y que papá tendría trabajo seguro si nos íbamos para allá. En marzo del 80 ya estábamos allá, y yo empezaba quinto grado con quien sigue siendo mi mejor amiga. Juntas leímos y leímos y leímos, a pesar, a favor y en contra de todo, pero además crecimos, recorrimos incansablemente el mar y los bosques, hablamos hasta quedarnos dormidas, descubrimos amores, pasiones, búsquedas y explicaciones. Los libros siguen siendo pozos donde caer, pero ya puedo estar en la superficie bastante tiempo.
Cinco
Ayer fue la fiesta de mi cumple. Cumplí cinco. Vinieron mis amigos del jardín y mis primos. Y mi abuela Tatu y mi tía Vivi. Vino Gaby, que es mi mejor amiga. Mamá me dejó poner el vestido azul con flores rosas. Ese es el que mas me gusta, porque el azul es oscuro y parece negro.
Me despertó mamá con un abrazo. Siempre tiene ese olor delicioso que no tiene nadie más. Me encanta cuando me despierta. Papá estaba parado en la puerta y me cantó el Feliz cumple con la voz de ópera. Me gusta más el “Que los cumplas feliz” que “Feliz feliz en tu día”. Me asusta cuando dice “amiguito que dios te bendiga”. No entiendo bien eso. No sé qué es bendecir. Tampoco sé qué es dios, pero todos dicen "gracias a dios". Tia Vivi cuando se enoja dice "me cago en dios". Mi abuela Tatu le gritó a uno "dios te va a castigar". Y maldición es algo malo. A veces le digo a Magdalena que es una maldita, y mamá se enoja bastante. A mi me lo enseñó Pablito Scogniamiglio. Pablito me da miedo y risa, juega a la momia de Titanes en el Ring, grita “La momia, luchador sordomudo” y te ahorca.
Bueno, papá me cantó “Que los cumplas María, que los cumplas feliz”. Eso es bueno. No como Tatu y Vivi que cantan “Que los cumplas Mariquita”. Mariquita es horrible y todos se ríen, pero a ellas no les importa.
En el desayuno me dieron los regalos. Magdalena me regaló una muñeca igual a la de ella. Le puse de nombre Flora. La bisabuela me mandó un libro y papá y mamá me regalaron lo segundo mejor: un libro enorme, como los de arte de la biblioteca de ellos. El papel es un poco amarillo y tiene dibujos grandes que ocupan toda la hoja. Se llama El libro de los animales encantados. En uno de los dibujos hay una nena que se parece a mí, tiene peinado de princesa como yo.
Después vinieron mi abuela Tatu y mi tía Vivi con un regalo rarísimo. Es una madera enorme con dibujitos de circo de un lado. Con eso van a tapar la parte de abajo de la cama de Magdalena. Nosotras dormimos en camas que están una arriba de la otra, yo duermo en la de abajo. Me dijeron que es para que yo no vea los intestinos de la cama de arriba. No entiendo. Los intestinos están en la panza. Me lo volvieron a explicar y entendí, pero no se si me gusta, porque a veces la asusto a Magdalena empujando su colchón desde abajo, y gritando. Cuando pongan eso ya no voy a poder. Tía Vivi me dice que no tengo corazón cuando hago esas cosas. Yo creo que tengo pero chiquito, como la cabecita de un alfiler.
Tatu me trajo también semillas de jacarandá bonsai. Ese regalo es mucho mejor, porque me encantan los jacarandás. Mi canción preferida es “al este y al oeste, llueve y lloverá, una flor y otra flor celeste del jacarandá”. Las flores del jacarandá no son celestes, son lilas, pero papá me explicó que es por la rima. Celeste rima con oeste.
A la tarde vinieron todos. Gaby me hizo el regalo más lindo de toda mi vida, el más lindo del mundo: un jueguito de té de porcelana, para darles el té a las muñecas. Lo miraba y no lo podía creer. Es blanco, con florcitas rojas chiquititas como gotitas de sangre cuando te pinchás con una espina. La tapita de la tetera es del tamaño de la uña de mi dedo gordo.
Mamá fue poniendo todos los regalos en la cama de arriba, la de Magdalena. Dijo que no vayamos a jugar ahí, que nos quedemos en el living y en el jardín.
Después llegaron Patricio y Gonzalo, mis primos. Me dan miedo. Corren, gritan, las mamá les grita, comen con la boca abierta y dicen malas palabras. Se pusieron a jugar a la mancha en el jardín y después entraron corriendo a mi cuarto. Yo los seguía de lejos, así que escuché unos ruidos raros, y entré. Gonzalo se había subido a la cama de arriba, había agarrado el jueguito de té y le tiraba con las tacitas a Patricio, que las esquivaba y entonces estallaban contra el piso.
Salí corriendo y llorando a avisarle a papá. Papá y la tía Pancha los retaron, pero ya está. Ya lo hicieron. Está todo roto. Solo queda la tapita de la tetera. La tía Pancha se los llevó de las orejas y me prometió que me va a traer otro juego. Yo no quiero otro, quiero ese que me regaló Gaby.
El resto del cumpleaños fue triste. Había Coca Cola, piononos que hizo mi abuela, medialunas con queso y la torta era de dulce de leche con merenguitos. Es la que más me gusta, pero no tenía ganas de comer.
Cuando llegó el momento de soplar las velitas me dijeron que pida tres deseos. No los tenía que decir en voz alta.
Pedí otro juego de tacitas.
Pedí una Barbie
Pedí que Gonzalo y Patricio se mueran.
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