Rosa Fuentes era poeta, y tenía 19 años. La poesía la encontró en el intento de hacer algo con su extravío irremediable en los signos de la lengua escrita.
Desde muy chiquita debía decir las palabras muchas veces, hasta encontrar el sonido que se acoplara a un concepto inteligible, que atrapara a todas esas otras palabras errabundas, las que no eran, las equivocadas, que se le escabullían de las manos y de la boca. Esas, las otras, le bailaban en la memoria con una especie de cosquilla, que se apagaba cuando lograba escribir, con su letra lenta y laboriosa. Ahí quedaban en el aire onir, rami, aroni, inmovilizadas en la palabra marino, por ejemplo. O deira, prie, parai, en la palabra piedra.
Aprender a leer y escribir le llevó primero inferior, primero superior y segundo grado. Leer era una gesta agotadora, que la dejaba llorando una y otra vez.
En su libro de lectura de tercer grado encontró un poema de Juana de Ibarbourou:
Crecí
para ti.
Tálame. Mi acacia
implora a tus manos su golpe de gracia.
Florí
para ti.
Córtame. Mi lirio
al nacer dudaba ser flor o ser cirio.
Fluí
para ti.
Bébeme. El cristal
envidia lo claro de mi manantial.
Algo en las palabras ordenadas así, esas vocales insistentes, esas torrecitas de letras que se desparramaban como un paisaje, le permitió algo parecido a entender. De ahí en más dejó que fuera el largo de las palabras, el blanco que quedaba entre ellas y el sonido de las vocales lo que guiara su comprensión de los textos escritos.
Ese método no era muy útil para aprender historia, mucho menos geografía, o para orientarse en un problema de matemática. Por eso dejó la escuela al terminar quinto grado, que tuvo que hacer dos veces. Rosa lloró. Ese lugar que la había expulsado tenía algo que le pertenecía y que dejaba atrás para siempre.
Su madre era la peluquera del barrio. Su padre, repartidor de leche, había muerto de una neumonía mal curada cuando Rosa tenía seis años. Todas las noches, antes de dormir, Rosa evocaba el movimiento rítmico del carro del padre y a su voz gritando -¡Acá llega la leche, señora! ¡Leche blanca y buena como mi Rosita blanca!-
Rosa empezó a ocuparse de las tareas domésticas, y después a ayudar a su madre en la peluquería. En poco tiempo aprendió a platinar melenas, a construir torres de tirabuzones con bigudíes y a planchar rulos. Los mediodías, mientras su madre descansaba las piernas hinchadas, se iba a la Biblioteca Popular, donde había encontrado la sección de poesía.
En el silencio de la biblioteca empezó a testear palabras, llenando de tachones hojas y hojas. Era una adolescente tan solitaria como había sido de niña. El lenguaje parecía faltarle o sobrarle cada vez que intentaba interactuar con gente de su edad, y eso le provocaba un dolor agudo en los omóplatos, entre las costillas y en el esternón. Sólo se sentía bien con la gente mayor, con la que intercambiaba palabras siempre un poco sueltas, subrayadas con gestos atentos y a veces disparatados. Muchas señoras iban a la peluquería de Genoveva para pasar un rato con la chiquita de ojos brillantes y palabras graciosas.
Sus poemas sólo eran leídos por la bibliotecaria, la señorita Lila, una dama soltera, socialista, con rodete gris y ojos dulces y miopes. Asombrada por el lenguaje desbocado y a la vez extrañamente preciso, se los mostró a un viejo docente de lengua castellana que solía ir a la biblioteca. Él le sugirió que los mandara a un concurso que organizaba la revista Sur.
Los poemas volvieron premiados, y Rosa se encontró con una serie de invitaciones inesperadas y promesas de publicación. Un 20 de marzo fue por primera vez a la Casa Ocampo, en San Isidro. La casa, epicentro de la vida cultural porteña, albergaba a Victoria y a una corte de artistas, críticos y voyeurs.
El viaje desde Chacarita hasta San Isidro fue largo. El tranvía la dejó en Retiro, donde tomó un tren que la llevó hasta la estación. Ahí la esperaba un auto con un chofer, a quien saludó con un amable “Buenas tardes Señor Ocampo".
El jardín oscuro y profuso la conquistó inmediatamente y le hizo perder un poco el miedo. Si necesitaba escaparse había un laberinto vegetal que la podía ayudar. Las luces, los jarrones con flores, los sirvientes con uniforme, la comida colorida y ordenada en formas piramidales o espiraladas la extrañaron y la regocijaron.
Los poetas promisorios la recibieron con amabilidad. Su pelo con rulos rubios y su cintura ajustada en un vestido de rayón verde claro se destacaban contra la uniformidad elegante de la clase alta porteña. Las mujeres jóvenes, en seda azul o beige, con idénticos collares de perlas, la miraron con curiosidad y desconfianza. Rosa permanecía silenciosa, observando con los ojos oscuros muy abiertos ese baile social de jerarquías e ironías incomprensibles.
Cuando Rosa empezó a leer el auditorio se llenó de sonrisas burlonas, que se fueron borrando a medida en que el texto avanzaba. La voz de Rosa sonó como el murmullo de un mar lejano, otoñal, perdido inexorablemente. Las palabras empezaron suavemente pero se desplomaron sobre el auditorio sumergiendolo en ganas de llorar.
Rosa volvió a su casa. La invitaron nuevamente.
La situación se repitió una y otra vez: el convite con cierta malicia, y finalmente la voz y el llanto.
De a poco se fueron presentando. Lauro Ortiz de Acuña, un hombre joven, entabló con ella un diálogo que continuó en cada encuentro. Tenía un auto nuevo con el que la llevó hasta su casa varias veces. Rosa se fue acostumbrando a estar con él. Cada vez podía hablar más, y los pinchazos en las costillas habían mutado a una sensación tibia en la panza y pesadez en los párpados que parecía sueño pero no era.
Estaba llegando la primavera. Lauro y Rosa habían compartido un picnic en las barrancas de Belgrano al que llamaban risueñamente el Decamerón porteño. Ese día Rosa no había tenido ganas de leer ni de recitar, y se había quedado sentada muy quieta al lado de él.
Cuando empezó a refrescar, Lauro se ofreció a llevarla hasta Chacarita. Rosa viajó sumida en ese silencio insistente que se le había instalado a la tarde. Lauro habló y habló. De sus viajes, de sus sueños, de las estancias de su familia aburrida y del placer que le provocaba manejar ese auto y llevarla a ella. De que le gustaría tanto que ese viaje durara mucho tiempo. Así llegaron a la calle de la casa de Rosa. Ya atardecía.
Lauro se detuvo, abrió la puerta del auto y Rosa bajó. En ese momento se cruzaron en la vereda dos ancianas, vestidas con ropa colorida y peinados altos con flores trenzadas. Rosa corrió hacia ellas y se agachó para abrazarlas. Las viejitas la palmearon con entusiasmo, conversaron unos minutos y siguieron su camino. Rosa se irguió hacia él con una sonrisa resplandeciente -Son las mellis, las peiné hoy a la mañana para que vayan al corso de primavera-, dijo sin dejar de sonreír.
Lauro la besó. En el beso la encontró suave, tibia, redondeada y con un lejano olor a naranjas. Ella lo encontró fuerte, grande, y se le agolparon montones de palabras en la cabeza. Hombre, árbol, pasto, viento, madera, río, labios, cielo, sol, vení, humo, banderas.
Se besaron con sorpresa y delicia. Para ella la sorpresa era una y para él otra, pero la delicia era igual para los dos. Se detuvieron porque pasaba gente. Rosa entró en su casa corriendo, golpeando la puerta.
Lauro no volvió.
Unos meses después llegó la invitación a la velada de lectura poética de fin de año. Era la más importante, ahí leían los poetas ya consagrados y los principiantes más promisorios. Se hacía en la Casa Ocampo.
Rosa decidió ir. Recorrió el camino ya conocido, y entró al jardín iluminado, donde un cuarteto de cuerdas tocaba música barroca. El talante aguerrido que la había sostenido hasta ahí empezó a vacilar. Tenía tantas ganas y tanto miedo de verlo que sentía que se iba a derrumbar como las montañas de letritas del poema de Juana de Ibarbourou.
Finalmente lo vió. Estaba en el fondo del jardín. Tenía una mano ocupada con una copa de champagne y la otra enlazada a la de una mujer joven, de pelo castaño claro, cuello largo con collar de perlas y ojos verdes.
Rosa se tropezó y empezó a caer en un movimiento que le pareció interminable Era una o, una e, una a, rodando por la ladera de una montaña y acercándose a un precipicio del que saltaría hasta estrellarse contra el suelo y convertirse en un montoncito de astillas negras. De pronto la caída se detuvo. Una mano fuerte y masculina la había sostenido y la llevaba casi en andas hasta una silla. Era un hombre, sí, pero tenía perfume de mujer, estaba maquillado y llevaba un vestido de lentejuelas plateadas. Tacos altos, boca con rouge bermellón y peluca cobriza, mantenida en su lugar con una diadema brillante. Rosa lo miró con sorpresa.
-Soy Renato Lucca acá, chiquita, pero para vos soy también Leonella.
Rosa se dejó acomodar en la silla y tomó el agua que Leonella le ofreció. Parecía haber entendido todo con una sola mirada.
-¿Te enganchaste con el salame de Lauro, no?-,
Rosa asintió con un gesto-
-¿Vos sos la piba que hacía llorar a esta manga de ratas de albañal?
-Creo que sí-
-Entonces sos una leona, querida. Sos de las mías. Estos se creen que somos payasas, pero somos leonas. Basta de llorar. No podés llorar. Menos por ese homúnculo, pedazo de espermatozoide defectuoso, que tiene menos huevos que gallina lisiada. Vos y yo vamos a salir al escenario y los vamos a matar a todos-.
Rosa y Leonella se quedaron conversando entre las plantas.
Finalmente entraron de la mano. Rosa empezó a recitar mientras Leonella cantaba con voz profunda una cadencia de notas sostenidas.
Las palabras llegaron como una cabalgata lenta. Hilos de materia oscura que se enroscaba y desenroscaba como puñados de serpientes entraron en los oídos de la audiencia, dejándola inerme, a merced del sonido.
Rosa decía lo silencioso y lo rechazado, mientras se sacaba las sandalias, el vestido turquesa y la enagua contra el verde oscuro del follaje de la Casa Ocampo. Así, desnuda en el jardín nocturno, los hizo llorar de dolor, encogidos ante una verdad que los llamaba con los nombres ocultos del fracaso, la traición y la desgracia. Les dio ganas de morir aplastados por aluviones o por trenes, o por una bala en la sien.
Lauro la miraba inmóvil. De repente se tiró al piso como quien se rinde y gimió, arrastrándose hacia ella y estirando el brazo hasta su pie desnudo. Rosa adelantó unos centímetros el pie y dejó que los dedos de Lauro la tocaran.
En ese momento Rosa se calló, y Leonella la envolvió en la capa de lentejuelas plateadas. Las dos salieron hacia el costado, dejando al público en sollozos y a Lauro tendido en el pasto como un muñeco roto.
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