Perros y niña nos prestamos múltiples servicios.
Uno de ellos, Pelos, se escondía debajo de mi silla para comer los bocados que yo no quería.
En mi casa de infancia la comida era un tema inflexible y severo. Mis padres habían crecido bajo la sombra culpabilizante de los niños hambrientos de Auschwitz, y el modelo les pareció extensible hasta nosotros. Debíamos comer por los niños hambrientos de Biafra.
Nunca entendí por qué carácter transitivo lo que embuchaba yo beneficiaba a esos chicos de panza hinchada que estaban del otro lado del mar. El hecho es que era así, había que comer lo que habían cocinado, que a veces, a mi juicio, era apestoso. Recuerdo ver a mi hermano Pedro frente a un plato de lentejas convertido ya en un bloque sólido, mirándolo desolado mientras los demás llegábamos victoriosos a las tostadas y al Nesquik.
Me podría haber pasado lo mismo, pero mi fraternidad con los perros hizo su magia. Sistemáticamente, Pelos se acomodaba debajo de mi silla, y yo, con movimientos hábiles y precisos le hacía llegar bocados enteros de tomate, buñuelos de acelga, coliflores gratinados y demás porquerías saludables que el perrito tragón comía alegremente. A cambio era muy mimado, y se le permitía participar en los juegos de casita y de carreras.
Los perros me enseñaron mucho.
Maia, por ejemplo, la ovejero alemán, me hizo saber que papá era cruel.
No sé por qué pasaba eso. Papá llegaba cansado del trabajo del hospital e iba directo al fondo, donde estaba Maia atada. ¿Quién la ataba? ¿Por qué la ataban?. Ahí le pegaba con el cinturón.
Mi cuarto daba al fondo, así que los aullidos de la perra y mi llanto se convertían en una sola cosa, como nuestros nombres, Maia y María.
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