Para Rita
En ese momento no sabíamos que esas fiestas marcaban el final de Mordor. Salimos camino a Ostende en un autito viejo cargado de valijas, dos adultos y cinco chicos. Nuestros padres iban con la idea de descansar de un año lo suficientemente horrible como para incluir a una niñita de cuatro años aplastada por un camión de soda delante de tres amiguitos entre los que se encontraba mi hermano menor, Juan.
Yo había pasado mi cuarto grado, el primero en esa escuela, con todos los estigmas de la pobreza recién llegada. Recuerdo una salida escolar caminando en la que la bombacha, vieja y sin elástico, se me cayó delante de todos. Recuerdo también que llevaba unos sandwiches de queso cuartirolo que me daban tanta vergüenza que los comía escondida detrás del banco.
En esa época leía como una loca. Leía debajo de la ducha, leía en clase, leía en los recreos, leía entre el ruido de los cuatro hermanos en la habitación chiquita, o entre las peleas de mis padres. Leía a pesar, a favor y en contra de todo. Caía dentro de los libros como si fueran pozos muy hondos, salía trabajosamente, e iba saltando de uno a otro lo más rápido que podía. Lo que había en la superficie, fuera de los pozos, era triste e incomprensible, así que trataba de estar ahí lo menos posible. Adoraba a Enid Blyton y por supuesto, a Luisa May Alcott, con la hermosa Mujercitas, novela que leo desde los seis años y todavía no me cansó.
Mujercitas empieza con esta frase: "Navidad no será Navidad sin regalos, murmuró Jo, tendida sobre la alfombra" El mundo de las hermanas March es el de cuatro chicas viéndoselas con la pobreza recién llegada.
Agotados, desdichados y vencidos, llegamos al fin del 79, y, con los últimos restos de algo (sospecho que algún pedido de plata a parientes que no encontraron cómo rehusarse, o la venta de algún último cuadro o mueble), salimos camino a Ostende. Íbamos a pasar las fiestas y mitad de enero ahí.
Con mi espíritu curioso y metiche, yo solía ayudar a mamá a elegir los regalos de Navidad, y por eso sabía lo que me esperaba a mí. Era un libro de Los Cinco, de Enid Blyton, en tapa dura, papel satinado y ¡fotos!. Había alcanzado a hojearlo en la librería y sabía con certeza que ahí adentro me estaba esperando el paraíso.
Salimos hacia Ostende. En el camino cantamos "Sal de ahí chivita chivita" y adivinamos de dónde venían las distintas patentes, porque en ese momento las patentes tenían una letra que indicaba la provincia de procedencia. Papá manejaba muy rápido.
Llegamos a Ostende. Bajamos del auto y salimos corriendo por ese espacio verde rodeado de tamariscos y acacias como si volviéramos a respirar. La casa era blanca, grande y plácida, con un jardín ondulado y espacioso en el que se veían los rastros de los tucu tucus, unos animalitos muy simpáticos que hacían túneles con agujeros por los que se asomaban y después comían las raíces del pasto. Los dueños de casa, una pareja de ancianos, se llamaban Benvenuto.
Nuestros padres fueron a bajar las valijas, y encontraron que faltaba una. Faltaba la valija de los regalos. Seguramente la habían robado cuando paramos en Las Armas para ir al baño.
Cuando escribo esto pienso en O'Henry, y en que ésta historia es tan de Navidad, que la debería escribir él y no yo. Pero bueno, O'Henry no está y esta historia me toca a mí.
El libro de Los Cinco no estaba, y no estuvo nunca más. De adulta intenté rastrearlo pero no encontré ni una huella. Sólo la memoria certera de mi madre me impide pensar que lo aluciné.
Se imaginan, ¿no? Una especie de desolación tan agotada que no te deja siquiera compadecerte. Algo así.
Lloré por ese libro como lloré por pocas cosas en mi vida. Pero después se activó algo. Yo creo, ahora, que fueron las hermanas March, Jo, Meg, Beth y Amy. Los cinco nos pusimos de acuerdo e hicimos regalos para todos. Abundaron los collares de caracoles decorados con marcador y las piñas convertidas en muñecos o en pisapapeles. Además hicimos un pesebre viviente con muchísimo éxito, grandes performances actorales y poco texto. Las hermanas March, en su Navidad Sin Regalos, habían hecho una obra de teatro escrita por Jo.
La navidad pasó, el libro de Los Cinco se perdió, pero con el paso de los días nos enteramos de que Pinamar se había quedado sin pediatra, y que papá tendría trabajo seguro si nos íbamos para allá. En marzo del 80 ya estábamos allá, y yo empezaba quinto grado con quien sigue siendo mi mejor amiga. Juntas leímos y leímos y leímos, a pesar, a favor y en contra de todo, pero además crecimos, recorrimos incansablemente el mar y los bosques, hablamos hasta quedarnos dormidas, descubrimos amores, pasiones, búsquedas y explicaciones. Los libros siguen siendo pozos donde caer, pero ya puedo estar en la superficie bastante tiempo.
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