Escribo esto porque estoy en shock y siento que me disuelvo. No me puedo permitir eso ahora, tengo que estar operativa, así que decidí registrar. Registrar es escribir, es atrapar estos fenómenos, pincharlos con palabras como si fueran mariposas, y diseccionarlos despacito con un bisturí de alta precisión. Soy una entomóloga de mi propia vida de insecto sufriente, y aunque parezca cruel, las palabras alfileres me sujetan y me impiden desarmarme. Lo que tengo para registrar es inútil, no le sirve a nadie. Es la basura que se empieza a acumular cuando llega una mala noticia.
Hace dos meses nos enteramos de que la enfermedad había vuelto. Marcos tiene cáncer. El año pasado lo operaron, pero la enfermedad volvió. Esta vez toca quimio. Primeros alfileres.
Fuimos juntos a hablar con la oncóloga. Marcos hizo preguntas precisas. Cuando agarró el librito en el que habían escrito su nombre, “Mi hoja de ruta oncológica”, algo tembló, no sé si fue su mano o mi mirada.
No lloré. Hablamos de cosas prácticas, avisamos a los más cercanos, organizamos. Cuando me fui de su casa, y busqué el auto en el estacionamiento, ahí empezó. Quise rayar el auto que estaba estacionado al lado. Un gesto mínimo, pero con toda la fuerza de mi mano y mi muñeca. Con las llaves. Esa sensación, aguda, específica, mutó después en ganas de tirar piedras a las ventanas de los edificios, especialmente a las más relucientes. Si yo estoy rota, ¿por qué ustedes no? Otro alfiler, el odio. Empiezo a entender tantas cosas. Hay momentos en que pienso en la magia, en qué haría si con algún tipo de conjuro pudiera pasarle la enfermedad de Marcos a cualquier otro. Si estuviéramos en tiempos mágicos yo tendría que estar maniatada y amordazada, para que no hiciera caer una maldición sobre la humanidad como una lluvia de plomo o una explosión atómica. La violencia me crece y me rompe por dentro.
A veces los puentes, hasta los más llenos de acero y hormigón, entran en resonancia. Es una cuestión de vibraciones. La franja de asfalto, habitualmente sólida, empieza a agitarse como si fuese una cinta, en un movimiento que sería bello si no estuviera hecho de cosas que necesitan estar quietas. El puente se mueve, baila, hasta que colapsa la estructura. Así estoy yo. Las coordenadas de tiempo y espacio tiemblan, se retuercen. Debo estar en un espacio no euclidiano. Llegar al hospital, por ejemplo. Subte línea B, subte línea H en dirección a Hospitales, bajo en Jujuy, voy por Caseros y después Perdriel. Es una L. Dos líneas que se intersectan, un ángulo recto, conceptos geométricos básicos. Me perdí cuatro veces seguidas. Parece imposible pero fue así.
Y el tiempo… algo pasó con los intervalos. Pienso, pero reacciono varios segundos después, o reacciono bastante antes de poder pensar. Por eso Julián, que asiste con dulzura y seriedad a todos estos eventos, suele abrazarme muy fuerte y maneja en mi lugar cada vez que puede.
Cuando la vida se vuelve un puente en resonancia hay que tener cuidado con muchas cosas. Con las metáforas, por ejemplo. O con las canciones. O con los pronósticos meteorológicos. En cada cosa puede estar agazapado un augurio. Hay que estar despierta para pasar rápido las canciones que hablan de despedidas, o los cuentos de chicos que se transforman en peces. Ni hablar de las tormentas, cuando son sin agua, de viento seco y caliente, que no traen bondad ni para el pasto.
Siguen siendo confiables los sueños. Cuando le dieron el diagnóstico soñé que estaba subido en el techo de una casa alta y solitaria. Me daba cuenta de que estaba en peligro, y de que si yo hacía algo intempestivo para salvarlo podía perder el equilibrio y caer. Entonces me alejaba un poco y le hablaba como si recién estuviese llegando. Así estoy, llamándolo despacito, todo el tiempo. Para que sus células se tranquilicen, se aquieten. Quizás el cáncer sea células que entraron en resonancia.
El domingo antes de que empezara la quimio lo pasé buscando datos de animales. A qué velocidad vuela el halcón peregrino, o la pantera, que en realidad es un leopardo negro, y si la mirás con luces infrarrojas se ven las manchas. Busqué imágenes de un dragón azul que vive en el mar, y un video de unos perros que se organizan con un ternero y dos vacas para consolar a un chico que finge llorar. Sabía que Marcos le tenía miedo al momento del pinchazo en la vena. Finalmente no me dejaron estar con él, así que me fui diciéndole que pensara en su gata, y me miró con su cara de mamá te pusiste pesadísima.
Escucho el llamado que le hacen los hombres con esa ternura rara que les es propia. Con el papá habla de fútbol, la Champions League parece ser un gran territorio para hablar de la adversidad y del amor. Con los amigos armaron una campaña de Calabozos y Dragones, un juego de rol en el que hasta el más tímido sale a encontrar objetos mágicos con poderes sanadores. Su hermano menor, Santiago, entró a la sala de quimio al grito de "¿ya te están pasando el líquido para volverte superhéroe?". Francisco, su hermano mayor, habla horas en Discord con él hasta que logra hacer aparecer las palabras de preocupación o pena. Marcos dirige el juego de rol y pasa largos ratos de sus horas de quimio inventando aventuras. Cuando le pinchan el brazo derecho le dicta a su papá, que lo asiste con la solemnidad de un copista medieval.
Esos son mis alfileres. El odio, el resentimiento y la envidia a quienes tienen sus hijos sanos. Resultó que soy muy mala. Cuando son amables conmigo, especialmente la gente desconocida, me dan ganas de llorar. Ahora que soy tan mala supongo que no lo merezco.
Paso mucho tiempo en el subte. Hoy, en la estación Caseros, un hombre macizo y canoso empezó a cantar y a tocar la guitarra, mientras caminábamos hacia la salida con paso inevitablemente uniforme. Dos rasgueos y fue evidente que era una canción religiosa. "Vamos con alegría señor, cantando vamos con alegría señor, los que caminan por la vida señor, llevando tu paz y amor". Por algunos segundos tuve una sensación dulce, el caminar con amigos, bajo la mirada amorosa de un padre bueno. Me hubiera gustado sentir eso un ratito más. Pero no creo en Dios, ni en el destino, me parece que estamos solos en una gran oscuridad. Si toca, toca, la suerte es loca. Ni por bueno, ni por malo, ni por sano, ni por vicioso. No hay plan, no hay premio, no hay castigo. No hay nada que aprender. Era posible, aunque no fuera probable, y le tocó a él. Pobrecito. Pobrecitos todos nosotros.
La novia de Marcos se llama Marina. Es española, alta y delgada. Cuando vino a la quimio se acostó con él en el sillón con un desparpajo hermoso. Los dos, largos y elegantes como juncos, abrazados en ese sillón grande y gris, eran luminosos. Esa mañana de quimio, en las idas y vueltas con café, la perdí de vista. "La mandé al jardín, para que vea plantas y tome sol. Acá hay mucha gente enferma y si se queda mucho tiempo se va a entristecer", me dijo Marcos. Al rato volvió, trayendo de regalo una hoja verde, grande y reluciente. Marina también lo llama.
Ahora escribo mientras desayuno en Café Martinez. Hace varios días que hago lo mismo. El café está delicioso y reconfortante, las tostadas crujientes, todo es perfecto. Me gusta este momento. Cada vez que me gusta algo pienso en qué pasaría si Marcos muriera. ¿Odiaría esto? ¿El café, las tostadas y el queso blanco? ¿A Julián? ¿A Francisco? ¿A mi gatita Agua? ¿O ni siquiera podría odiar?
Sé que no podría existir.
No llegamos todavía ni a la mitad del camino, pero éste es mi texto y acá mando yo. En este cuento Marcos se curó, ahora tiene 35 y vive con Marina en Esquel. Tienen una hijita que se llama Aina, que tiene los ojos verdes como ellos y las piernas llenas de raspones de los chicos que se la pasan corriendo por el bosque, construyendo casitas en los árboles y juntando hongos o zarzamoras. Aprendí a tejer y hago bufandas de colores inverosímiles que suelen terminar en las cuchas de perros y gatitos. Cuando voy a Esquel le cuento los cuentos que fui juntando en mi corazón para ella. Marcos y Marina salen a tomar cerveza en el pueblo mientras Julián, Aina y yo nos dormimos en un sillón delante del fuego, arropados por las palabras que nos siguen llamando.
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