LA EXPOSICIÓN


       La exposición había sido el 15 de abril de 1874. Habían estado ahí todos los críticos de arte de París, y habían salido en estampida, a las carcajadas ante lo que habían visto. Los comentarios no tardaron en llegar a los diarios: eso que habían intentado hacer pasar por arte eran deshechos, restos, pintados por manos torpes y cabezas enfermas. Todas las plumas volcaron su ingenio e ironía para describir la barbarie. "Veamos el libreto. Impresión, sol naciente. Impresión, estaba seguro. Yo mismo me lo decía: puesto que estoy impresionado, debe de haber impresión ahí dentro... Y, ¡qué libertad, qué soltura en la factura! ¡El papel pintado en su estado embrionario está aún más acabado que esta marina!", decía uno de ellos.

       André Poison tenía treinta años y hacía cinco que escribía para la Gaceta de las Bellas Artes. Era delgado y severo, y sus reseñas tenían una cualidad exhaustiva que le había dado cierto renombre como crítico. Ajeno a los chistes y al sarcasmo, Poison analizaba el arte como un enamorado o un ingeniero. De hecho, podríamos decir que Poison sólo se había enamorado del arte. A él lo capturaba el proceso de pasaje de la belleza al lienzo, con sus construcciones metódicas y cuidadas. La belleza efímera y móvil de la vida renacía, bidimensional y quieta, a la inmortalidad. Eso dejaba a Poison fascinado. Solía recorrer los talleres de los grandes artistas, usando toda su capacidad de observación para hacer comprensible el proceso de transmutación. Él nunca había pintado, ni quería hacerlo. Alguna vez había tomado un pincel en el taller de un amigo, pero una sensación dolorosa a la altura del esternón le había hecho dejarlo rápidamente. Estaba enamorado de una mujer pintada por Botticelli en 1483, un fresco florentino que estaba en el Louvre, al que iba a ver todos los jueves. Secretamente le había puesto un nombre, la llamaba Bianca.

       Poison no participó de la carcajada colectiva, sus reseñas fueron un modelo de sobriedad y claridad. Quienes las leyeron supieron cabalmente por qué eso que había sucedido en el Boulevard des Capucines era peligroso. Esos trazos sueltos, esas pinceladas en las que vibraba la mano del pintor eran caballos de Troya, llevaban escondida una devastación de la que París entero tenía que cuidarse.
       Aún recordaba el aturdimiento que lo había golpeado como una trompada en la nariz en la exposición, cómo se había ido casi corriendo, para entrar en un café de la colina, y pedir algo fuerte. Esa noche tomó alcohol por primera vez. Le trajeron un vaso de absenta, cuyo color verde le produjo un efecto hipnótico. Al mirar ese círculo verde estalló en su cabeza otro, un recuerdo de la exposición: un círculo naranja. André parpadeaba, y en ese parpadeo los círculos verde y naranja se confundían y se mezclaban. Esa noche había terminado borracho y con dolor de cabeza.

       En París de 1874 había empezado una guerra. Los expositores y todos sus simpatizantes fueron expulsados de la Real Academia de Bellas Artes. Los rebeldes no se habían quedado quietos, y montaban exposiciones breves y sorpresivas a orillas del Sena. Los parisinos se burlaban y abucheaban, pero algunos jóvenes se iban acercando. Circulaban panfletos con caricaturas de Bourgier y Randon. Ya se habían registrado riñas en los alrededores de la Academia, y había dos heridos por golpes de caballete. Los talleres de unos y otros eran bombardeados con bolas de bosta y pintura. Uno de los profesores de la Academia se había sumado al bando de los expositores, y se rumoreaba que su esposa era amante de otro de ellos. Había un pintor contrahecho, con piernas muy cortas, que vivía con las prostitutas de los cabarets de la colina. 
       París se acercaba vertiginosamente al siglo XX, como un barco que lleva la peste.

       En el mundo periodístico empezó a circular un rumor insistente: los pintores serios habían formado un grupo llamado Fraternidad de la Línea, y se juntaban en el taller de Bourgier a preparar la contraofensiva. 
       Poison fue uno de los primeros en enterarse de ese rumor. No estaba bien. Desde la borrachera le había quedado el punto naranja fijado en el ojo de la mente, y se encontraba con él a cada paso, especialmente en los momentos de entresueño, lo que lo estaba condenando a un insomnio crónico. 

       El viernes 28 de mayo, a la noche, André salió a caminar para esquivar las imágenes y el insomnio. Casi sin darse cuenta llegó a la puerta del taller de Bourgier, al que había ido tantas veces a admirar obras monumentales. De adentro llegaban voces estridentes. Poison golpeó. La puerta se abrió rápidamente y Ferdinand Germain, alumno del taller, le permitió pasar. Más de una vez André volvería sobre ese punto, ¿por qué lo dejó pasar? Los que estaban ahí adentro eran pintores, y él no. 
       Ferdinand lo hizo pasar al taller, una estancia enorme y levemente teatral. Había sillas acomodadas en semicírculo y una mesa central, con botellas de vino y frutas. En el fondo se veía una obra sin terminar. Era un cuadro de aproximadamente cinco por tres, que mostraba a una Danae nacarada y dormida, a la que un Zeus con aire napoleónico se acercaba con gesto decidido. Quizás, en un tiempo no muy lejano, esa escena a la que estaba entrando Poison sería recordada en un cuadro clave para la historia de la pintura francesa, el cuadro iniciador del Siglo XX. Podría llamarse "Los redentores", por ejemplo. Probablemente la pintaría el propio Bourgier.
       El maestro presidía la mesa. Al ver a Poison se dirigió a él con voz solemne:
-Estamos acá para detener esta infección. Lo que está en juego es serio, es la responsabilidad por la belleza, y con ella, de la civilización. Tú, Poison, si decides unirte, habrás de encontrar los modos de servir a tal responsabilidad. Si esa es tu voluntad, repite conmigo este juramento- Bourgier hizo una pausa, hinchó el pecho y continuó 
-Juro defender la belleza que habita en el arte. Juro defender las enseñanzas de los grandes maestros. Juro seguir la Línea.-
André repitió las palabras con seriedad. Después las voces volvieron a su tono animado y las copas circularon con velocidad.
    André tomó una copa de vino. Después dos más. A su alrededor las voces se fueron convirtiendo en un bloque sonoro cada vez más lejano. Alcanzó a oír la palabra duelo antes de fijar su mirada en el círculo de vino que estaba por tomar. Notó la reverberación de la luz en el morado profundo, y los reflejos oscuros mezclados con el plata del cristal. Cerró los ojos, y reapareció el naranja, que se mezcló con el verde de la absenta. El naranja flotaba en el centro, y a su alrededor el verde y el morado se movían como pinceladas en las que todavía vibraba la mano del pintor. El dolor de cabeza estalló.

       Poison se despertó a la mañana siguiente, en su dormitorio. Estaba vestido, y a sus pies había una nota con un comentario jocoso sobre su borrachera. Se levantó con dificultad, y hundió la cabeza en agua fría para tratar infructuosamente de que el dolor amainara.
    Tomó café, intentó escribir, pero su desasosiego era demasiado grande. Volvió sobre sus pasos de la noche anterior. El taller de Bourgier siempre había sido un refugio para él, quizás lo fuera esta vez también. Recorrió las calles que separaban su casa del taller a los tumbos, pasó por plazas y parques y llegó a lo de Bourgier sin aliento. Golpeó la puerta con fuerza y se abalanzó al interior de la habitación. Danae y Zeus seguían presidiendo la estancia, pero esta vez André no tuvo para ellos ninguna señal de reconocimiento. Se quedó parado, inmóvil, estaqueado por el dolor de cabeza y la confusión. 

       André no se explica lo que pasó después. Solo recuerda que tomó un bastidor pequeño, en blanco, de los que se usaban para estudio de detalles, y que lo acercó a donde se guardaban las pinturas y los pinceles. Tomó un pincel, lo hundió en la pintura naranja, y sin tener tiempo para pensar, lo deslizó por la tela. Casi eufórico buscó verde y morado. El cuerpo le hormigueaba de la cabeza a los pies mientras enchastraba la superficie con la imagen que lo había atormentado. El dolor y la incandescencia ya no estaban en él, ahora estaban ahí, en la tela. 
       El color se había desplegado, y en él vibraba la mano del pintor.

       Pasaron unos minutos. Poison miraba fijamente el bastidor que parecía latir como un sol pequeño en el taller oscuro. Finalmente lo agarró y salió corriendo, aterrado con la idea de que pudieran verlo con esa injuria en las manos. ¿Qué castigo habría para los traidores? Ya en su casa lo volvió a mirar. El engendro parecía sonreírle y la cabeza ya no le dolía. Una sensación ambivalente le crecía en el cuerpo.     Debía quemarlo, nadie debía saber nada de él, y al mismo tiempo, no podía negar una especie de simpatía por ese pedacito de color que había salido de sus manos. Se dijo a sí mismo que tenía que esperar que se seque el óleo para que el fuego prendiera, lo escondió debajo de la cama, y salió. 
       Era primavera en París. 
       Poison salió a caminar. Se sentía liviano y alegre. Por primera vez en más de un mes no le dolía la cabeza y eso le daba ganas de bailar. La luz hacia sus juegos en los follajes de los árboles y en los empedrados. Sin pensarlo demasiado compró pan, vino blanco y queso, y se encaminó al Sena. Era jueves. Sabía que tenía que ir a la redacción, pero estaba lleno de una espuma alegre que parecía moverlo con una voluntad que no era del todo propia. Almorzó sentado en la orilla, y se quedó absorto mirando los reflejos del agua y las sombras proyectadas por los puentes. Cerca de donde estaba sentado se desarrollaba una exposición sorpresiva de sus enemigos. Decidió acercarse. Esta vez, la explosión de color no lo asustó. Esos bastidores no demasiado grandes hablaban un idioma que ahora conocía. El diálogo no era con sus ojos buscadores de precisión, era con el aire, el agua y el calor que se movían en su cuerpo. 
       De golpe, Poison recordó su juramento. Y en ese momento se disolvieron la espuma y la luz. Recordó que era jueves y que no había ido a ver a Bianca.  Encorvado, caminó hacia la redacción. Ya ahí revisó sus notas, leyó cartas y trató de retomar el texto que estaba escribiendo, una nota enérgica valorando el uso de elementos mitológicos en la interpretación de las obras pictóricas actuales. 
No pudo avanzar más de medio párrafo.  

       En ese momento se acercó un mensajero agitado y le entregó una esquela. Era de Germain. Le pedía que se acercara lo más pronto posible al taller de Bourgier. André se apuró a ir y encontró al maestro en un estado de furia y conmoción. Sin hablar le extendió un panfleto. En él había una caricatura tan satírica y bien hecha que era imposible no reírse. Mostraba a un Bourgier con las nalgas muy gordas sentado sobre un edificio que era claramente la Academia de Bellas Artes, que se resquebrajaba bajo su peso. Tenía cuernos y de su boca salía un texto que decía "Que suerte que la manada de borregos me sostiene". André trató de disimular la sonrisa, que se le borró abruptamente cuando Bourgier le dijo que había retado a duelo al caricaturista. "Tendrás que ir tu, Poison. Tu juramento te obliga, y el deber te llama" "Las Bellas Artes no me pueden perder a mí. El valor de tu acto será elevado hasta el Parnaso. Si ganas serás laureado toda tu vida,y si pierdes, tu vida habrá sido dada por arte francés. No puedes negarte" 
       André se sentó aturdido. A partir de ahí todo sucedió con rapidez. Le mostraron las armas que usaría, y le explicaron que la cita era dentro de media hora, en el bosque. 

       Estaba atardeciendo. El bois de Boulogne estaba poblado de leves lenguas luminosas que se mezclaban con sombra cada vez más espesa. A André le entregaron su arma. De pronto vio a un grupo nutrido que se acercaba. A la cabeza iba el duelista, un hombre joven. "Soy Claude Monet", se presentó.     Tenía ojos oscuros e inteligentes, y lo miraba con una súplica profunda. A André se le llenaron los ojos de lágrimas. Esos eran el nombre y el apellido escritos en el cuadro del círculo naranja. André no quería matar a ese hombre. De ningún modo y bajo ninguna circunstancia. Tampoco quería matar al círculo naranja, ni al engendro luminoso que seguía debajo de su cama. Todo en su interior se revolvía contra la idea de esas muertes, la suya, la de él, y la del color de esas telas. Nada en él era afín a esas muertes.

       Entonces lo hizo. Tiró el arma al suelo, que cayó sin hacer ruido sobre el manto de hojas y flores silvestres. Se dio media vuelta, y se alejó. 




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