EDUCACIÓN DE LA NIÑA



Marx para niñas pequeñas

    Como cualquier niña de cuatro años, yo miraba el mundo inquieta por todo eso que después tendría un nombre que lo haría parecer natural. Animales, estrellas, letras, microbios, todo era pregunta. 
    Una tarde en la estación de trenes, vi a un chico de mi edad vendiendo limones. Le pregunté a mi mamá que le pasaba, y madre contestó que era un chico pobre. Algo más me debe haber explicado, pero parece que no fue suficiente para mí, porque después fui a preguntarle a mi abuela. 
    Mi abuela solía revelar datos inesperados y muy excitantes, de una cualidad distinta a la información que venía de mis padres. Esta vez se lanzó a explicarme la plusvalía con una alegría feroz. Me dijo que los dueños de las fábricas, los patrones, les quitaban a los obreros la ganancia que ellos generaban con su trabajo. El concepto me quedó clarísimo.  
    Unas semanas más tarde fui nuevamente corriendo hacia mi abuela, a contarle algo que había pasado en el mundo: como seguramente era previsible en gente de esa calaña, un patrón le había robado la billetera a mi mamá en el colectivo.


Freud para niñas pequeñas

    A los tres años ya tenía los datos suficientes como para saber que no me iba a crecer el pito. Mi hermana mayor había intentado y fallado. Para la Navidad había pedido uno, le habían dicho que no, y en compensación había pedido una víbora en una botella. Recibió una, preparada trabajosamente por mi abuela, pero su falta de entusiasmo con el regalo me permitió entender que no había resultado. 
    ¿Qué me hizo olvidarlo? Yo creo que fue el amor. Mi señorita Micki, la maestra de salita de tres era perfecta. Tan dulce, tan encantadora, esa nariz y esa boca finitas, el pelo con claritos, esas uñas pintadas de rojo con una pequeña medialunita blanca en la base...
    Pero algo pasaba. Algo estaba mal. Quizás podía aceptar no tener pito yo, pero ¿Micki? ¿La maravillosa Micki?. 
    Mi cabeza enrulada pergeñó un plan de rescate. Quién sabe cómo convencí a mi embarazadisima madre de que me llevara a la feria del barrio, que yo solía observar con mucho cuidado. Ahí pedí lo que necesitaba. Ese mismo día, fuera de horario, fuimos al jardín.  
    Estaba Micki. Le di el regalo. Ese hermoso y colgante cogote y cabeza de pollo eran el detalle que le faltaba. No sé por qué lo recibió con tan poco entusiasmo. Lo miró con una ojeada rápida y llamó a la portera para que lo guarde en la heladera, tratando de disimular el gesto de asco. Ahí terminé de entender, no sé si de aceptar. Las mujeres no tenemos pito, ni las niñas de tres, ni las niñas de cinco, ni las mamás embarazadas ni las dulcísimas maestras jardineras con lunitas blancas en las uñas. 




Foucault para niñas pequeñas

    En el año 79 yo tenía nueve años, y ya había vivido en varios lugares, entre ellos un año en San Salvador de Jujuy.
    De Jujuy volvimos apaleados y sin casa, nos fuimos a vivir a lo de mi abuela en Olivos, y desde ahí nos íbamos todos los días a la escuela en Castelar.
    Yo era más bien sobreadaptada. Trataba de conservar un equilibrio precario a fuerza de libros, lapices de colores y una capacidad de fantasear casi ilimitada. Intentaba ser buena, me esforzaba mucho en eso, porque parecía ser un buen camino: lograba no enojar ni angustiar a nadie. La contra de esta estrategia fue que nadie me registraba demasiado. Solía esconderme debajo de las camas, para ver si me buscaban y ahí quedaba, hasta que me dormía.
    Un día tuve un rapto y dibujé con un alambre en la cómoda de madera favorita de mi abuela. En el cajón de abajo, poco visible. Al poco tiempo lo encontraron. Mi abuela debía estar medio harta de tener ese montón de chicos en su casa, así que aprovechó la oportunidad para hacer un escándalo épico.
    Los sospechosos fueron identificados con facilidad: mis hermanos menores, Isabel y Pedro. Ambos se negaron a declararse culpables, y fueron sentados en sillones enfrentados con la consigna de no moverse de ahí hasta que alguno confesara. A nadie se le ocurrió que podría haber sido yo.

    Aguanté un rato. Debe haber sido media hora de la tortura moral más intensa de mi vida. Finalmente confesé. Mamá me dijo que seguramente mi castigo ya había sucedido mientras me decidía a hablar. Era así, y la cosa se olvidó rápidamente.
    La casita que dibujé en la cómoda de mi abuela está todavía ahí, con su pedido inarticulado.

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