GATITA



Cierro los ojos, es la mañana y tengo fiaca. Inmediatamente el sonido toma el lugar de las imágenes, y empiezo a escuchar mi casa. El ruido confiable y benevolente de la heladera, voces lejanas de hombres que hablan de maderas y construcciones, el motor de algún auto que pasa por la calle. Algunas gotas empiezan a marcar un ritmo en el techo, porque está empezando a llover. No se oye el murmullo habitual de los pájaros, solamente trinos aislados, que parecen avisar la posibilidad de una tormenta. En medio de este bosque de ruiditos hay algo que me gusta muchísimo, un silencio. Es mi gata Agua, que está acá al lado mío. Llegó despacito, como siempre, se acomodó y su peso leve hundió infinitesimalmente el almohadón del sillón. Está ahí. Sé que le gusta escuchar mi respiración y el rasguño leve de la lapicera contra el papel, la adormecen. La gatita dormida es un silencio tibio dentro de otro silencio. Cómo me gusta. Es notable cómo algo tan chiquito y silencioso puede estar tan presente. 
Me gustaría saber acompañar así a la gente que amo. Solamente estar, sin gritos, sin alharaca, sin dudas. Suavecito. Presente. Estar ahí, nada más que para estar. Estar, casi sin ser.  

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