LENTITUD



Peregriné hasta encontrar la tumba de mi hermano. Me llevó tres años. 

Viajé a Viedma, al archivo del dario Río Negro, buscando la fecha en las necrológicas de aproximadamente ese mes, ese año. Todavía no había internet, o no estaba a mi alcance.


No podía recordar. Quién sabe por qué, tampoco podía preguntar.

Encontré la fecha.

Después de un año, pude buscar el teléfono del cementerio. 

Varios meses después, llamar. Me dieron números y letras que designaban un lugar. 


Ese día caminé no más de cien metros. Los cien metros más lentos, más lentos, más lentos que caminé en mi vida. Encontré un túmulo de tierra seca, sin nombre. Al lado, la tumba de Francisco Flores, a quien agradecí que lo acompañara con ese nombre perfumado. Me llevé una piedrita.


Cuando volví me acosté, o más bien me encerré dentro de una hamaca paraguaya y me quedé ahí el resto del día, inmovil dentro de ese capullo flotante.


Fue una peregrinación hecha de inmovilidades sucesivas. 


Fui como la tortuga de Quiroga, pero en mi espalda no llevaba a un hombre herido, llevaba a mi hermano muerto.




Fucking Antígona.

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