Mi madre es una conversadora inteligente y sutil. Tengo largas charlas con ella acerca de los temas más diversos. Nos gusta repasar la historia, hablar de arte y de religión. Creo que con cada hija tiene sus temas específicos. Hay un tópico que nos gusta especialmente: la idea de San Agustín de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero como virtudes de Dios y vías para llegar a Él.
Mamá camina mucho. Es diabética desde la infancia y se cuida concienzudamente, por lo cual sus seis kilómetros diarios son casi un modo de respirar. Al mismo tiempo, tiene sus gustos precisos e inamovibles. Para los pies, zapatitos, de cuero, Hush Puppies. Punto. Nada más.
El tiempo y las caminatas hicieron su trabajo, y madre empezó a tener dolores fuertes en los talones. Dado su talante estoico no lo dijo por bastante tiempo, hasta que se encontró con un impedimento bastante fuerte para sus caminatas. Me lo confesó. La respuesta fue obvia: -Mamá, necesitás zapatillas.
Primero merodeó la idea con desconfianza. Después la desechó. Le siguió doliendo.
Finalmente tomé al toro por las astas (mi madre es un toro difícil de domar) y partimos en busca de zapatillas.
En el primer negocio había unas zapatillas color rosa viejo. Eran específicas para caminar y tenían todas las bondades que la ciencia y el capitalismo nos ofrecen. Se las probó, caminó y se le transformó la cara. Se le notaba ese placer específico que surge de la mezcla del dolor que se va y el bienestar que llega. -Es como caminar por nubes-, dijo.
Pero después se fijó en el color. Madre odia el color rosa (mi favorito). Con un hilo de voz preguntó si no había en otros colores, quizás azul o gris. No había.
Fueron momentos tremendos. La vi debatirse. Caminar, mirarse al espejo. Levantar la punta de los pies, apoyar los talones con fuerza. Volver caminar. Volver a mirarse en el espejo. Toda la enseñanza agustiniana peleaba en su sistema nervioso. Finalmente lo supo: entre lo Bello y lo Bueno, elige lo Bello. Dejó las zapatillas, dio las gracias educadamente y se fue.

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