-¿Qué querés, papá?
-La patita
-¿Qué?
-La patita
Ese fue nuestro último diálogo. Estábamos a pocas horas de su muerte y todos lo sabíamos, especialmente él. Las palabras sonaron con claridad, a pesar de su voz gastada y final.
La patita. No estaba delirando ni decía cosas sin sentido. Estaba jugando. Se despedía jugando con las palabras, una última vez.
Ese diálogo se había repetido en miles de situaciones. "Deme la patita", le había dicho a tantos perros que habían poblado nuestra infancia. "¿Qué querés Luis?", preguntaba mi madre agobiada con el eterno retorno de la pregunta sobre la comida. "La patita", respondía él y hacía un gesto ridículo, poniendo la mano como si fuera una garra de perro.
Había estado enfermo tres años, en los que se había ido despojando de todo lo que lo hacía ser él. Primero de la literatura, después de la música. La medicina había aguantado bastante. Seguía respondiendo con precisión incisiva cualquier duda médica, y me había cuidado como un león mientras estuve enferma, hablando desde su cama inmovil con medio staff de la clínica en la que estuve internada.
El acv que le había impedido hablar había sido especialmente cruel. Aún con el habla balbuceante quería hacer juegos de palabras, pero ya no lo podíamos entender. Tuvimos que pedirle que dejara de jugar.
Lo otro que aguantó hasta el final fue la pasión política. Los últimos meses tuvo C5N prendido casi permanentemente. Íbamos a su cuarto a charlar alrededor de él, para que nos sintiera cerca, y cada vez que la conversación tomaba un leve tinte de indignación política salía del entresueño, se erguía y nos preguntaba de qué estábamos hablando.
¿Qué queda al final? ¿Qué es lo último en abandonarnos, ese punto de humanidad detrás del cual ya solo hay un cuerpo naufragando?
Mi último juego con papá fue sobre perros, así que es sobre eso que decido escribir. Me imagino que, con un pase mágico, me regaló o me apropié de sus recuerdos con perros, gatos, bichos y demás parientes.
Me lo imagino con un perro llamado Colita, que es del portero de su edificio pero que lo sigue a todas partes. Me lo imagino siguiéndolo a la escuela. Especialmente en el día de su primera manifestación política, cuando encaró la mañana de escuela con un cartel que decía "El señor Surita golpea a los niños" y se encontró él solo, sin ninguno de los revolucionarios con los que había planificado el día anterior.
Me lo imagino todavía más chiquito, caminando por la playa de Mar del Plata de la mano de mi abuela y viendo por primera vez una aguaviva, monstruo marino que confirma las peores leyendas.
Me lo imagino en el zoológico, mirando con los ojos bien abiertos en su carita redonda a una jirafa que baja la cabeza lentamente y pestañea.
Me imagino un gato gris, peludo y lustroso, que se frota contra sus jeans mientras escucha Sgt. Pepper por primera vez.
Cómo lo extraño.
Supongo que todos vamos perdiendo nuestras capas de humanidad,y me pregunto cuales subsistirán en mí, en el final. Me gustaría que fueran los recuerdos de animales. No estaría nada mal.
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