Estoy en el jardín de mi madre. Es todavía un espacio verde en medio de la Patagonia amarilla. Como esas ollas de agua profunda que a veces se encuentran en las montañas, que dan ganas inmediatas de sumergirse y flotar a la caza de los rayos de sol que se filtran desde las piedras y el follaje. Tiene hermosas vincas de hojas verde oscuro y flores violetas, nomeolvides celestes cuyas semillas ahora pueblan Campana, rosas banksiae, malvones, narcisos , albahaca, oregano, madreselvas y muchas especies de nombre ignoto que aportan los vecinos. Cuando viajo en avión y sobrevuelo Cipolletti me imagino que si alcanzara a ver el jardín de mi madre seria un punto verde, cómo una pequeñísima cabeza de alfiler esmeralda en medio del amarillo grisáceo. Un alfiler de corbata o de sombrero, una joya hermosa y olvidada.
En éste momento se empieza a filtrar el amarillo en su corazón de verde jade, como le gusta llamarlo, porque está con menos fuerza. Mientras riego veo que el culandrillo se secó, sus hojitas de ese verde tan joven y trémulo no aguantaron la ausencia. Por más que voy y vengo con la manguera siempre reaparece una porción reseca, cómo si me gritara "no te queremos a vos, la queremos a ella". No todas las primaveras traen lo mismo.
Mamá viene pasando los primeros embates de su tratamiento sin perder la donosura. Empezó a tomar cannabis, nombre que la remonta a drogadicciones y patrulleros, y le generó algunos miedos extraños cómo "a salir a la calle desnuda, bailando y tocando el bongó". Eso no pasó, por supuesto, pero nos hizo acordar cuando paraba el auto al costado de la ruta y salía a bailar ante los campos en flor, diciéndonos que estaba hablando con las hadas.
El otro día hablaba con mi hermano Juan, que me preguntaba cómo estaba, y le contesté "anda bien, ya sabés, es un yuyo". Juan contestó algo sobre su apellido, Heath, que significa brezal, y a los pocos minutos me mandó esta caracterización: “Son plantas resistentes a las sequías y a los fuegos”. Lo que se cifra en el nombre no se hurta, diría más o menos Jorge Luis.
Mi mamá es un yuyito escocés. Los últimos mensajes entre Juan y yo son "¿Cómo anda Yuyito?". Nos divierte que ahora comparta apodo con una vedette de los 70. Seguramente ella sí se daría el gusto de salir desnuda a la calle, a bailar tocando el bongó.

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